Quinto Sol, vol. 30, n.º 3, septiembre-diciembre 2026, ISSN 1851-2879, pp. 1-24
http://dx.doi.org/10.19137/7nvrp555

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ARTÍCULOS
Los nacionalistas católicos de Cabildo frente a la “subversión cultural”: medios de comunicación y cuestión universitaria (1973–1975)
The Catholic nationalists of Cabildo against “cultural subversion”: media and university issues (1973–1975)
Os nacionalistas católicos de Cabildo diante da “subversão cultural”: a mídia e a questão universitária (1973–1975)
Sebastián Ezequiel Ruiz
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
Universidad Nacional de San Martín. Instituto de Investigaciones Políticas
Argentina
Correo electrónico: sebastianeruiz@hotmail.com
ORCID: https://orcid.org/0009-0002-7652-4583
Resumen
En este artículo se analizaron los posicionamientos de la revista nacionalista católica Cabildo y las publicaciones que le sucedieron, El Fortín y Restauración, sobre temas culturales entre 1973 y 1975. Se estudiaron las críticas que formularon a las industrias culturales de masas, a las cuales percibieron como canales de infiltración, de “subversión” comunista y de ataque a la cultura occidental. Por lo tanto, apelaron a una mayor injerencia del Estado en el control y la censura de contenidos audiovisuales. Además, se examinó la construcción de imaginarios políticos sobre los funcionarios responsables de la “decadencia” cultural y universitaria durante la presidencia de Héctor José Cámpora, en quienes cristalizaron sus tradicionales teorías conspirativas sobre la masonería, el judaísmo y la izquierda. Con ese objetivo, se indagó en el uso del humor gráfico destinado a ridiculizar a los interventores de la Universidad de Buenos Aires y para plasmar sus impresiones sobre las consecuencias de la reforma emprendida por la gestión camporista.
Palabras clave
nacionalismo; catolicismo; política; universidad.
Abstract
This article analyzes the positions of the Catholic nationalist magazine Cabildo and its successors, El Fortín and Restauración, on cultural issues between 1973 and 1975. It examines their criticisms of mass cultural industries, which they perceived as channels of infiltration, communist “subversion,” and attacks on Western culture. Consequently, they advocated for greater state intervention in the control and censorship of audiovisual content. Furthermore, it explores the construction of political narratives surrounding the officials responsible for the cultural and academic “decline” during Héctor José Cámpora’s presidency, in whom their traditional conspiracy theories about Freemasonry, Judaism, and the left crystallized. To this end, it investigates the use of graphic humor intended to ridicule the administrators of the University of Buenos Aires and to express their impressions of the consequences of the reform undertaken by the Cámpora administration.
Keywords
nationalism; Catholicism; politics; university.
Resumo
Neste artigo, foram analisadas as posições da revista nacionalista católica Cabildo e das publicações que a sucederam, El Fortín e Restauración, sobre temas culturais entre 1973 e 1975. Foram estudadas as críticas que elas formularam às indústrias culturais de massa, as quais eram vistas como canais de infiltração, de “subversão” comunista e de ataque à cultura ocidental. Portanto, eles apelaram por uma maior interferência do Estado no controle e na censura de conteúdos audiovisuais. Além disso, foi analisada a construção de imaginários políticos sobre os funcionários responsáveis pela “decadência” cultural e universitária durante a presidência de Héctor José Cámpora, nos quais se cristalizaram suas tradicionais teorias da conspiração sobre a maçonaria, o judaísmo e a esquerda. Com esse objetivo, investigou-se o uso do humor gráfico destinado a ridicularizar os intervenientes da Universidade de Buenos Aires e a expressar suas impressões sobre as consequências da reforma empreendida pela administração “camporista”.
Palavras-chave
nacionalismo; catolicismo; política; universidade.
Recepción del original: 26 de noviembre de 2025.
Aceptado para publicar: 5 de junio de 2026.
Los nacionalistas católicos de Cabildo frente a la “subversión cultural”: medios de comunicación y cuestión universitaria (1973-1975)[1]
Introducción
Durante la década de 1970, los ecos de la ebullición cultural de los años previos en América Latina propiciaron la desconfianza de los sectores conservadores y adeptos al orden, que interpretaron la protesta estudiantil y las ideas revolucionarias como formas subrepticias de “infiltración” comunista. Entre esos sectores se inscribían los nacionalistas, quienes se expresaron desde las revistas Cabildo, El Fortín y Restauración acerca de la “subversión cultural”, categoría que involucró productos audiovisuales con contenido erótico, violento o políticamente “izquierdista”.
Este artículo tiene dos objetivos. En primer lugar, explicar qué entendían los nacionalistas católicos de Cabildo por “subversión cultural” y cómo propusieron combatirla. Para ello, se aborda el imaginario nacionalista de “cultura”, los posicionamientos de la revista sobre la modernización que, según creían, buscaba destruir la religión católica y el modo de vida “occidental”, y la apelación a la censura estatal de los contenidos audiovisuales que consideraban inapropiados.
En segundo lugar, este texto examina la preocupación del grupo por la cuestión universitaria durante la presidencia del peronista Héctor José Cámpora (1973-1974), ya que dentro del contexto de la época consideraron a la universidad “nacional y popular” como un foco de ideas peligrosas. Se analiza el modelo de universidad propuesto por estos nacionalistas y las críticas que realizaron a la gestión del ministro de Educación Jorge Taiana y a los interventores de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Al respecto, se dedica un apartado a las caricaturas presentes en las revistas, que contribuyeron a cristalizar estereotipos y estigmatizar a sus enemigos políticos, un eje que, además, se vinculó con la presencia de este recurso en otros medios políticos de la época (Burkart, 2013, 2021; Levín, 2013; Besoky, 2016; Vicente, 2019).
Un breve estado de la cuestión sobre el objeto de estudio
Durante la década de 1960 la sociedad argentina se encontraba enmarcada en dos procesos simultáneos de modernización. Por un lado, una incipiente modernización cultural, correlato regional de la era de la opulencia de la segunda posguerra europea señalada por Tony Judt (2011), protagonizada por la juventud estudiantil que producía y consumía nuevas formas de entender la política, la música, la vestimenta y la sexualidad (Manzano, 2017). Por otro lado, la modernización política por izquierda produjo nuevas formas de expresión y de protesta frente a la proscripción del peronismo, vigente desde 1955 (Terán, 2008).
La autoproclamada “Revolución Argentina”, una alianza entre militares y civiles que gobernaron de facto el país entre 1966 y 1973, buscó imponer una modernización autoritaria fundada en la moral católica, el control y la represión de conductas “inapropiadas”, junto a la censura de contenidos culturales “inmorales” para la moral burguesa (Pujol, 2007). Este era un diagnóstico compartido por las dos familias de la derecha política, la liberal-conservadora y la nacionalista-reaccionaria (Bohoslavsky y Morresi, 2025). Los liberal-conservadores asociaron la modernidad cultural y las transformaciones de la juventud al proceso de decadencia de Occidente, vinculado a su vez a un giro populista de izquierda. La ambigüedad de la moda unisex, la frivolidad del feminismo y la música moderna eran confrontados en sus publicaciones con la racionalidad y la apelación a las tradiciones (Echeverría y Vicente, 2019). Por su parte, los nacionalistas reaccionarios se oponían a la modernización del catolicismo impulsada por el Concilio Vaticano II (Zanca, 2006), reivindicaron los valores de orden y la jerarquía, y denunciaron las “desviaciones” dentro de la Iglesia católica (Lida, 2015; Mallimaci, 2015). Ambos sectores demandaban la represión de las conductas sociales “inapropiadas” y la censura de contenidos “pornográficos” y “políticamente subversivos” (Manzano, 2017).
En este último grupo de la derecha política se encontraba la revista Cabildo, que fue fundada a comienzos de 1973 por un grupo de jóvenes intelectuales y continuó la tradición periodística del nacionalismo de los años veinte y del periódico Azul y Blanco (Galván, 2013). Cabildo innovó en su formato, con tapas coloridas, imágenes y caligrafía gótica, elementos gráficos frecuentes en la prensa política de la época, pero inusuales en publicaciones nacionalistas. Esos detalles volvieron a Cabildo, y a sus sucesoras El Fortín y Restauración, productos atractivos para un público más amplio.[2]
Como principal exponente de la prensa nacionalista de la segunda mitad del siglo XX, tanto por la extensión temporal como por la popularidad entre sus seguidores y sus numerosos detractores, Cabildo ha sido objeto de múltiples estudios desde los años ochenta.[3] El trabajo señero de Carlos Waisman (1986), centrado en la dimensión antisemita de la revista, fue seguido por investigaciones de Jorge Saborido sobre la publicación y el grupo (2004, 2008, 2011). Otro estudio fue el de Fernando Beraza (2005), quien consideró al equipo editor como una de las voces del nacionalismo católico vernáculo durante la segunda mitad del siglo XX. Desde un enfoque centrado en lo discursivo, Ayelén Bruegno (2013) analizó las representaciones de lo “subversivo” en Cabildo, El Fortín y Restauración; mientras que Sebastián Pattin (2020) estudió la sección de libros en las tres revistas para dar cuenta de las lecturas nacionalistas y de la heterogeneidad ideológica presente en ellas. Por último, los trabajos recientes de Sebastián Ruiz (2021, 2024) se focalizaron en los posicionamientos de Cabildo frente a la profundización de la violencia política durante el tercer peronismo y la ubicación de la revista en el escenario mediático de la década de 1970.
Los textos referidos permitieron conocer diferentes aristas del medio más reconocido del nacionalismo católico argentino y de su grupo editor durante la segunda mitad del siglo XX. En tanto que el presente artículo aporta a los estudios referidos a los nacionalistas católicos, la “subversión cultural” y la universidad durante el tercer peronismo, temas iniciados por Laura Rodríguez (2015, 2016) y Patricia Orbe (2017b), dos de las autoras que reconstruyeron la trayectoria del grupo y sus publicaciones.[4] Rodríguez historizó la reforma camporista, la reacción de la derecha peronista y la gestión de personajes afines, como Oscar Ivanissevich, Alberto Ottalagano y Remus Tetu. Además, estudió los posicionamientos ante la “subversión científica” del grupo Verbo y del filósofo tomista Carlos Sacheri, ambos afines a la revista por su ideología, el discurso y los espacios de sociabilidad. En la misma línea, Orbe se ocupó de los posicionamientos de los nacionalistas de Cabildo —la mayoría de ellos vinculados a la universidad como docentes o estudiantes— sobre la cuestión universitaria, el rechazo de la reforma y las propuestas de Patricio Randle para una universidad “ordenada”.
Tras recuperar ambas líneas de investigación, este artículo aborda la definición de cultura a la cual adherían los nacionalistas y explicita las críticas que hicieron a las industrias culturales modernas, a las que consideraron parte de la multiforme “subversión”, así como su apelación al Estado como censor de contenidos “inmorales” en el cine y la televisión. Los nacionalistas también se preocuparon por la universidad, institución que consideraban cuna de la inteligencia occidental pero que durante la modernidad —principalmente en Argentina en la segunda mitad del siglo XX— había perdido su misión, convirtiéndose en refugio de militantes y docentes “marxistas”, según su perspectiva. En ese sentido, se analizan, por un lado, los cuestionamientos de Cabildo al modelo universitario “nacional y popular” del camporismo y las propuestas destinadas a “salvar” a la institución; por otro, la construcción de imaginarios políticos sobre las autoridades responsables de la “decadencia” cultural y universitaria, a través de viñetas y caricaturas en las cuales plasmaron sus clásicas teorías conspirativas acerca del judaísmo, la masonería y la izquierda.
Resistencia nacionalista al cambio cultural: cuestionamientos y censura
Los nacionalistas de Cabildo rechazaban los cambios políticos, sociales y culturales heredados de la Revolución Francesa y postulaban como alternativa una sociedad comandada por una aristocracia intelectual.[5] Consideraban a la democracia como un sistema viciado, fundado sobre la “tiranía del número”, y pretendían edificar una sociedad corporativa a través de la supresión del “sentido reverencial del dinero” y la creación de jerarquías sociales instauradas en los “ámbitos naturales” de la vida (familia, gremio, municipio), que permitirían volver al orden y “la dignidad de los tiempos clásicos”.[6]
Esta concepción se traducía en la idea de que se estaba peleando una “guerra silenciosa” por imponer “valores sociales y nacionales”, frente a una cultura oficial “falsa” y “esterilizadora”, incompatible con la realidad inmediata.[7] Desde esa perspectiva, en el mundo moderno el individualismo liberal y el imperio del dinero fomentaban, a través de los medios de comunicación, el reemplazo del ideal de hombre clásico-cristiano por un distópico “hombre-robot” que era “inferior, amorfo y sin tradición”.[8]
En esa “guerra” cultural, los nacionalistas se preocupaban por el arte masivo, especialmente peligroso por su capacidad de transmisión de valores y pautas de consumo. De allí que postularan que el Estado debía ejercer sus “más absolutos poderes” para liberar al hombre “de la tiranía ejercida por los medios de difusión masiva” mediante la exaltación de “valores vitales” (fuerza, coraje, energía, salud física), y el control y la regulación de contenidos audiovisuales “perniciosos” como la “pornografía”, categoría que englobaba desde películas de erotismo soft hasta publicaciones humorísticas de tono soez como Satiricón.[9]
Edmundo Gelonch Villarino, uno de los cronistas ocasionales de Restauración, sostuvo que el arte “popular” o “masificador” buscaba subvertir las conciencias con mensajes subliminales, mediante la excitación “de sentimientos o pasiones que disminuyan la racionalidad y la libertad”, para facilitar el reemplazo de la “cultura dominante” por una “pseudocultura revolucionaria”. En esa línea, proponía que el ritmo de la música moderna enviaba mensajes subliminales para reducir a los oyentes a un estado de salvajismo propio de los “pueblos primitivos”:
El ritmo es el elemento preponderante en la música de los pueblos salvajes o “primitivos”, o sea de las culturas infra-racionales.… No importa ahora por cuáles mecanismos psico-fisiológicos, los ritmos de estirpe africana que distinguen al jazz, al pseudo-jazz comercial, y a todas sus degeneraciones vigentes, (rock, música beat y progresiva), al igual que los llamados ritmos tropicales y brasileños, ejercen una acción hipnótica que adormece la conciencia y el control de la voluntad sobre los apetitos sensuales, a los cuales, a su vez, excita incluso hasta el paroxismo.[10]
Gelonch establecía un paralelismo entre la música de percusión ritual de los zulúes y los massai, cuyas melodías calificaba como “simples y brutales”, y los carnavales locales, en los que la combinación entre música, alcohol y “contagio afectivo” ablandaba el carácter y destruía la personalidad. Extendía este razonamiento a los conciertos de bandas de rock como los Beatles, caracterizados por las “crisis histéricas de las admiradoras”, causadas por un “paroxismo de excitación sexual inconsciente”, y a la música electrónica, porque las vibraciones de los parlantes producían un efecto subliminal de excitación.[11]
En contraposición a esa música moderna, el cronista reivindicaba la música clásica europea, que exaltaba “lo mejor del hombre”, la grandeza viril y la “elevación del alma”. El término “clásica”, referido a la música de cámara —de inspiración religiosa— la transformaba en una expresión natural y auténtica de una cultura europea idealizada, y le agregaba una dimensión elitista y de clase al prejuicio. Entonces, el problema anidaba en la oposición entre lo “tribal” —entendido como una muestra de atavismo en los pueblos africanos y en los carnavales herederos de las culturas indígenas de América— y lo moderno —asociado a manifestaciones de lo terrenal y a la satisfacción de apetitos básicos, en contraposición a los valores espirituales y morales del nacionalismo católico—. El análisis “psicosocial” de la música popular se estructuraba sobre la caracterización de los pueblos “primitivos” y las culturas “infra-racionales” —americanas y africanas— en oposición a la “civilización” y el desarrollo europeo. Pese a su pretendido tecnicismo, el “análisis” omitía enunciar los “mecanismos psico-fisiológicos” que “explicaban” su teoría, un discurso de carácter pseudocientífico, sin respaldo empírico verificable en la nota.[12]
El autor concluía que era necesario un “Estado nacional-católico” que recuperara el “verdadero” arte nacional, mediante una política cultural que debía “invadirlo todo, por todos los medios” para “argentinizar el alma de los argentinos”. La argumentación de Gelonch combinaba psicología con religión, nacionalismo chauvinista y doctrina contrarrevolucionaria, ya que cerraba la nota llamando a la lucha individual por la cultura nacional, que era parte de la batalla general contra la “subversión”: “para no ser inconscientes agentes de la propaganda enemiga… cada uno debe empezar ganando la guerra subversiva en el fondo de sí mismo, en sus gustos, en sus predilecciones, porque en definitiva, vamos a pelear por lo que amamos”.[13]
Este esquema analítico funcionó como matriz interpretativa que se trasladó a otros productos culturales de masas. Siguiendo este enfoque, la televisión y el cine encendieron las alarmas de los nacionalistas por su alcance masivo. La televisión fue caracterizada por Cabildo como un medio que promovía “audaces y prostitutas”, que presentaba a “seres anormales” y “mentalidades extraviadas” como modelos para la población.[14]
Respecto del cine, la columna de reseñas de películas que aparecía ocasionalmente en la revista revelaba el desagrado que sentían por las películas de contenido erótico o vulgar, “historietas de alcoba” destinadas al “consumo de los semicultos”.[15] Carlos Pezzano Rava, encargado de la columna de crítica cinematográfica, cuestionó los mismos elementos en las reseñas: la sexualidad, siempre asociada a la perversión, el libertinaje y la promiscuidad, la blasfemia y la romantización de los valores revolucionarios. En su análisis de la película Nada (Claude Chabrol, 1974), Pezzano Rava describía al “grupo subversivo” que protagonizaba la historia como un rejunte de “marxistas homosexuales”, “activistas desesperados y dipsómanos” y “hastiadas burguesas drogadictas”. Sostenía que el principal problema de esos productos era que ofrecían como deseable todo lo que los nacionalistas definían como síntomas de decadencia moral y política: “el panorama de una vida decadente, presentada como normal, dominada por el pensamiento de izquierdas: liberación femenina, aniquilamiento de la familia, corrupción institucional, degradación, pornografía”.[16] Esta caracterización condensaba una operación típica del discurso nacionalista: la asociación entre disidencia política, desviación moral y degeneración social, presente también en el discurso de Gelonch respecto a la música moderna que se mencionó previamente.
Aunque la censura audiovisual se mantuvo activa al menos desde 1920 (Ramírez Llorens, 2016), durante las décadas del sesenta y setenta cobró nuevo ímpetu como protección ante los embates de la modernidad. A comienzos de 1974, Cabildo se refirió a las denuncias publicadas en los medios de comunicación respecto del Ente Calificador del Instituto de Cinematografía, organismo encargado de controlar y censurar guiones de películas.[17]
Jorge Mastroianni criticó al Ente por permitir la proliferación de contenidos “eróticos” y “pornográficos”, peligrosos para la “moral cristiana” de la población. Si bien la crítica era en general contra las cintas de contenido “inapropiado”, los casos que más molestaban al grupo eran aquellos que involucraban ofensas al catolicismo, ya sea por representaciones “blasfemas” de figuras religiosas como Jesucristo Superstar, o por referencias a temas como el incesto u otras perversiones sexuales, presentes en No cometas actos impuros o El extraño caso del bosque en las sombras. Respecto a esas producciones, Mastroianni sostenía:
se difama, ofende, ultraja y manosea cuanto se refiera a la Iglesia, a la Fe, al clero o a los católicos, haciéndolos aparecer invariablemente como hipócritas, crueles, taimados, carnales, ignorantes, sensuales, etc.; decimos y repetimos, hablar de censura donde se permite exhibir toda esta bazofia, equivale a tomarnos el pelo y rebasa la medida de lo tolerable.[18]
A mediados de 1975, el Ente cambió de gestión y comenzó a censurar películas a gran escala. El cambio de orientación motivó que Cabildo comenzara a reivindicar al organismo y a su nuevo interventor: el nacionalista y crítico de cine Miguel Paulino Tato.[19] En un artículo que celebraba la censura de 134 películas, Restauración señaló que el Ente había dejado “de ser una frivolidad” para cumplir “una seria función en defensa de los valores nacionales”, al retirar de circulación producciones de contenido erótico. Estas incluían desde “burdas obscenidades italianas” —como En pecado concebida y El cura casado— a películas similares de origen europeo o norteamericano. La lista también abarcaba films que combinaban el erotismo con el “satanismo grotesco”, como El Anticristo y Un pacto con el Diablo, y cintas de artes marciales de contenido “violento”, protagonizadas por “chinos monstruosos [que] se castigan salvajemente —no sin emitir curiosos gruñidos y jadeos— durante todo el espectáculo”.[20] En esas declaraciones salía a la luz, nuevamente, el prejuicio vinculado a la decencia y la “evolución” europea frente a la barbarie de los pueblos “primitivos”. Otras películas, como Decamerón —reinterpretación cinematográfica del libro de Boccaccio a cargo del director italiano Pier Paolo Pasolini— fueron definidas como “groseras desnaturalizaciones” de clásicos occidentales.[21]
Los nacionalistas católicos rechazaban la libertad de prensa y de expresión cinematográfica, las caracterizaban como “amables rótulos que suele utilizar la Libertad de Comercio, de manos ávidas y nariz ganchuda”, en evidente referencia a los judíos, a quienes acusaba de comerciar a costa de la “corrupción de la moral pública del país”. El redactor indicó que Tato era objeto de diversos ataques que provenían de los “ideólogos de la liberación cultural”, de los “comerciantes de pornografía”, de algunos funcionarios públicos y de los medios de comunicación.
Respecto de la censura, Cabildo señalaba que el Estado —“intérprete de la Nación histórica”— debía erigirse en custodio de los “valores y bienes culturales y éticos”, mediante la regulación de los contenidos audiovisuales y educativos para evitar los embates de la “subversión cultural”. Esto sugiere que la censura cultural no operaba únicamente como una política estatal ejercida desde arriba, sino que también intervenían otros actores de la sociedad, como los medios de comunicación.[22] Pese al accionar de Tato, la idea nacionalista de la gestión estatal discrepaba incluso de las miradas más conservadoras dentro del peronismo. Ello implicó que esta revista y sus sucesoras fueran clausuradas dos veces entre 1974 y 1975, junto con otras publicaciones de variados colores políticos que cuestionaron al gobierno peronista, debido a sus expresiones “subversivas” (Franco, 2012).
Estos planteos se complementaban con propuestas de intervención económica en el sector cinematográfico, orientadas a proteger la producción nacional y reforzar el control estatal sobre los contenidos. En ese sentido, se reclamó el aumento de impuestos para mejorar la recaudación del Estado en el cine y garantizar la justa competencia de las productoras locales con las películas extranjeras. El redactor indicaba que la censura había sido saludable para el cine nacional, “porque se ha contenido la tendencia que experimentaba hacia la chabacanería” y, al primar la censura sobre películas extranjeras, el cine nacional produjo mayor cantidad de films que en las dos décadas previas, dando lugar a “los mayores récords de público”.[23]
En conclusión, los nacionalistas sostenían que la misión del Estado era tanto aplicar la censura para “rechazar las agresiones dirigidas contra el acervo cultural común” como “fomentar y desarrollar sus expresiones más altas”. Sin embargo, consideraban que el Estado peronista —“enfermo, hipócrita y ruin”—[24] carecía de la autoridad real para cumplir con esa misión, por ello celebraron aisladamente la iniciativa del nombramiento de Tato junto con otros funcionarios de tendencia nacionalista o de la derecha peronista, como el ministro de Educación, Oscar Ivanissevich, y los interventores universitarios Alberto Ottalagano, Raúl Zardini, Remus Tetu y Raúl Sánchez Abelenda.[25]
La postura de los nacionalistas respecto a la “subversión cultural” se caracterizó, entonces, por una actitud belicosa y demandante de la intervención estatal para proteger la presunta “moral cristiana” de la población y resguardarla de contenidos “perniciosos”. Mientras reclamaban reiteradamente la censura de lo “inapropiado”, denunciaron simultáneamente que eran víctimas de persecución política por sus opiniones, consideradas “subversivas” por los gobiernos de turno.
La universidad, de cuna de la inteligencia occidental a foco subversivo
Desde la sanción de la Ley Avellaneda (1885), que le otorgó a las universidades nacionales el monopolio para la entrega de diplomas oficiales, hasta la democratización impulsada por la Reforma Universitaria de 1918 (Micheletti, 2018), los católicos intervinieron en el debate público para defender los espacios de decisión religiosa en la educación superior.[26] Entrado el siglo XX, la cuestión universitaria se volvió un tópico frecuente en el periodismo y la literatura del movimiento nacionalista, involucrado con el catolicismo desde sus inicios.[27]
Cabildo recuperó argumentos previos sobre la cuestión universitaria y la “infiltración marxista” en la educación, y los actualizó a la luz de la época, principalmente a partir de los cambios que introdujo el gobierno de Cámpora. Sostuvo que, dentro de la “guerra subversiva” que se estaba gestando, no solamente en el plano militar y político sino también en el cultural, la universidad era un foco de propagación de ideas opuestas a la cultura “occidental y cristiana”.
Los nacionalistas católicos se consideraban el único sector que detentaba el monopolio de la autoridad sobre el tema universitario, porque se sentían identificados “con la esencia histórica de esta sabia institución deformada por el racionalismo primero, y ahora vaciada por el marxismo”.[28] La universidad era muy importante para Cabildo y fue un tópico recurrente en la revista (Orbe, 2017b). De los 31 ejemplares publicados entre mayo de 1974 y febrero de 1976, en 25 de ellos hubo al menos una nota referida al tema.[29] Los colaboradores de la revista eran en su mayoría docentes, profesionales o estudiantes, aspecto que también explica el valor que le otorgaban a la educación superior.[30]
En ese sentido, consideraban a la universidad como un reservorio de la cultura occidental, heredero de la antigüedad helénica y la sabiduría medieval (Montejano, 1979) que debía relacionarse con su concepción de la educación como ejercicio pedagógico y espiritual, “enaltecedor de las virtudes cristianas” cuya meta sobrenatural era el conocimiento del “Dios Creador”.[31]
La decadencia, iniciada con la Ley Avellaneda, había vaciado a las universidades de su “esencia religiosa”, al reducir la vida intelectual al conocimiento de unos pocos “saberes instrumentales” (Vocos, 1962). El proceso continuó con la Reforma de 1918, que generó una “afirmación del país liberal, de filiación anticatólica”.[32] La cobardía de los dirigentes de la “Revolución Libertadora” y la “Revolución Argentina” —liberales y, por ende, “sin formación intelectual ni moral capaz de oponerse al avance comunista”—, habían permitido, según Cabildo, la “entrega” de la universidad al marxismo y la proliferación en su interior de “focos de subversión”. Para salvarla era fundamental erradicar a la “subversión” y “echar por la borda los slogans partidistas o demagógicos”.[33]
Durante la presidencia de Cámpora, Cabildo cuestionó las reformas de la gestión entrante. La revista se manifestó contra la “politización de la universidad” y la “persecución ideológica”, aunque varios de los miembros del grupo habían militado en el Sindicato Universitario de Derecho (SUD) (Graci Susini, 2019, pp. 59-60). Personajes afines, como el hijo del director de la revista, Ricardo Curutchet, formaban parte de la Corporación Universitaria, que nucleaba a nacionalistas de varias carreras de la UBA (Orbe, 2017b).[34] Si bien denunciaban persecución política, a su vez procuraban restringir la militancia de sus enemigos en el espacio universitario.
Su rol opositor no obturó que les propusieran a las autoridades un plan para renovar la misión de la institución y “sanearla”.[35] En primer lugar, sugerían controlar la matrícula para garantizar el nivel académico de los docentes y el contacto humano con los estudiantes; desde su mirada, la universidad implicaba “una exigencia de orden superior que pocos pueden alcanzar”. En el mismo sentido, se proponía reducir la cantidad de universidades, para evitar “alumnos crónicos” y el “proletariado” de docentes auxiliares que constituían la punta de lanza de la “revolución cultural” que destruiría la institución desde dentro.[36]
Como tercer punto, planteaban lograr el equilibrio presupuestario con un arancel “simbólico” y un régimen de becas para la mayoría, distribuidas de acuerdo a la dedicación y las dificultades económicas, junto con la dinamización del ingreso al mundo del trabajo. En ese marco, se sugería racionalizar las matrículas con una planificación en carreras “formativas” (es decir, técnicas) e instancias cortas de formación intermedia, acordes a las necesidades del mercado, para evitar el excedente de profesionales “condenados al desempleo”. En línea con este planteo, el autor de la nota rechazaba la idea de “la izquierda intelectualoide y falsamente popular” de que tener un título de grado era condición necesaria para la inserción laboral.[37]
El modelo deseado por los nacionalistas era una universidad jerárquica, católica, ideológicamente aséptica, meritocrática y arancelada. Proponían que la conducción estuviera en manos de una aristocracia intelectual que detentara el conocimiento. Aunque el arancel se planteaba como una forma de alejar a quienes no se dedicasen puramente a estudiar (en referencia a los militantes políticos), la concepción de la “habilidad innata” pasaba por alto la importancia del contexto socioeconómico, que, aun con acceso a una beca, podía limitar las posibilidades de cursar y terminar una carrera.
Durante la gestión camporista, los nacionalistas sostuvieron que el problema universitario había entrado en su fase crítica con la transformación de la UBA en “nacional y popular”, epíteto que cristalizaba los valores peronistas en el nombre de la institución y en su administración (Friedemann, 2015). Al respecto, uno de los redactores señaló que el 25 de mayo de 1973 se habían reemplazado los programas de las materias por “divagaciones en torno a la ideología de moda”, con “un poco de nacionalismo económico simplón, otro poco de Marx, un poco de chauvinismo indoamericano, otro poco de Trotzky [sic], un poco de peronismo combatiente y adulterado y mucho de ignorancia, imbecilidad y cretinismo”:
Y a todo esto llaman Universidad nacional y popular… Nacional: como si tuviera algo de auténticamente nacionalista, esta universidad imbuida de ideas extrañas a la esencia de la Nación y, en cambio, contagiada de internacionalismo marxista. Popular: como si estas excrecencias [sic] de lo más podrido del régimen, estas adiposidades de la clase media sin conciencia de su rol estabilizador, fueran otra cosa que aspiraciones a ser masa gregaria, sin ley y sin Dios, como es el proletariado en la visión marxista.[38]
El estilo periodístico de Cabildo —heredero de publicaciones como La Nueva República y Azul y Blanco— osciló entre la crítica mordaz, la sátira política y la denuncia, junto con “investigaciones” sobre trayectorias profesionales y personales. Las tres facetas convivieron en artículos destinados a “desenmascarar” a sus enemigos políticos. Uno de los funcionarios más criticados durante el período camporista fue el ministro de Educación Jorge Taiana, exdecano y rector de la UBA entre 1952 y 1955 (Rodríguez, 2015). Taiana fue acusado por la revista de ser un burgués demagógico “con pretensiones de reformador cultural”,[39] y le reprochaban el acortamiento de los planes de estudios, la imposición de “materias peronistas” y la supresión de exámenes finales, reformas que banalizarían el esfuerzo.[40]
Dentro del área educativa, Rodolfo Puiggrós —rector interventor de la UBA— y Mario Kestelboim —decano interventor de la Facultad de Derecho de esa universidad— fueron los blancos predilectos de Cabildo. Puiggrós pasó del Partido Comunista al peronismo en 1946; tras el golpe de Estado de 1955 participó en la Resistencia Peronista y en 1961 migró a México, donde escribió bajo seudónimos y ejerció la docencia universitaria (Acha, 2006). En 1973, Taiana lo designó interventor de la UBA e inició una reforma estructural de la institución: estableció el ingreso irrestricto a todas las facultades, eliminó la pérdida de regularidad del estudiantado e inició juicios académicos a los docentes en ejercicio durante la “Revolución Argentina” (Rodríguez, 2015).
La revista caracterizó a Puiggrós como un “comunista militante” sin idoneidad profesional ni antecedentes académicos. También lo criticó por designar interventores extraídos “del antiguo fubismo antiperonista” y “de los registros de abogados del ERP [Ejército Revolucionario del Pueblo], como el muy montonero y camarada Kestelboim”.[41] A partir de recuperar las teorías antisemitas de principios del siglo XX, Cabildo acusó a Puiggrós de “infiltrar” la UBA con funcionarios de origen judío, que según la cosmovisión nacionalista eran criptocomunistas.[42] Una lista de apellidos judíos fue coronada por un comentario que señalaba que, pese a parecer “la Universidad de Jerusalén”, se trataba de la Secretaría de Asuntos Docentes y Estudiantiles de la UBA “‘nacional y popular’ ¡según la bautizó el tovarich [“camarada”] Puiggrós!”.[43]
Los imaginarios comunes sobre los enemigos políticos
Al igual que otros medios de la época, Cabildo utilizó el recurso gráfico para atacar a sus enemigos políticos, responsables del nuevo modelo universitario. Las caricaturas, lejos de ser meras ilustraciones, operaban como dispositivos de construcción de enemigos que condensaban estereotipos y reforzaban códigos compartidos con su comunidad lectora.[44] Los nacionalistas procuraron destacar en esas representaciones gráficas las características que adjudicaban a la “subversión”: la ineptitud, el vicio, la tendencia a la desilusión y el desorden, la pertenencia o simpatía a la masonería y a la izquierda intelectual o armada.
Estas ilustraciones se dividían en dos categorías. La primera consta de representaciones de funcionarios que acompañaban las notas referidas a la cuestión universitaria. Se trata de imágenes sencillas y claras, orientadas a identificar personajes y exagerar rasgos físicos o personales. A diferencia de otras tradiciones del humor político, su objetivo era menos la risa con una referencia a la coyuntura política, que la estigmatización de sus enemigos. La segunda categoría corresponde a la serie de viñetas denominadas “Las Termópilas”, firmada con el seudónimo Leónidas. Estas viñetas a página completa trataban temas de actualidad política y se caracterizaron por su trazo desprolijo y un sentido del humor rústico y carente de florilegios.
En la primera categoría, los ataques de Cabildo se dirigieron al rector Puiggrós y al decano Kestelboim, quien además era abogado de presos políticos. Al primero lo presentaban como un “izquierdista blasé con tendencia a la graforrea” y de escaso valor intelectual, responsable de la “bolchevización cultural” (Imagen 1).[45] Si bien su militancia marxista era pública, Cabildo insistía en “desenmascararla” (Cattaruzza, 2012). Esta operación se reforzaba con una ilustración de Puiggrós internado en un hospital (Imagen 2). En la imagen, el convaleciente funcionario bebía de la bolsa de suero que contenía vino, bajo un retrato del Che Guevara. El epígrafe, presentado como “Boletín informativo de la Asoc. Vitivinícola”, parodia rituales masónicos al otorgarle la “distinción honorífica en el grado etílico 13” y desearle éxito en la promoción de una “cultura etílica nacional y popular”.[46] La escena sintetizaba varias acusaciones que moldeaban la imagen que los nacionalistas tenían de él: alcoholismo, ineptitud profesional, marxismo y pertenencia a la masonería.
Imagen 1. Representación de Puiggrós
Fuente: Cabildo (14 de junio de 1973), (2), p. 15.
Imagen 2. Caricatura y texto satírico sobre Puiggrós
Fuente: Cabildo (5 de julio de 1973), (3), p. 25
El ataque a Kestelboim se explica principalmente porque era el interventor de la Facultad de Derecho, principal bastión nacionalista en la UBA;[47] según Roberto Baschetti, Puiggrós lo nombró porque era peronista “en un ámbito repleto de gorilas” y judío en una facultad “llena de fascistas”.[48] Una de las ilustraciones de “Punzó” lo representaba como un gaucho ataviado con sombrero y sandalias con espuelas, armado con una lanza de tacuara, caminando hacia las escalinatas de la facultad. El epígrafe reproducía un cántico oído presuntamente durante su llegada que lo identificaba como “montonero” (Imagen 3).[49]
Imagen 3. El “montonero” Kestelboim

Fuente: Cabildo (14 de junio de 1973), (2), p. 4.
El cronista afirmó que el cántico con el cual se recibió al funcionario fue: “atención, atención/que aquí viene un montonero/que es el iddische Kestelboim”. Es probable que esa frase proviniera del Sindicato Universitario de Derecho, donde militaban varios colaboradores de Cabildo, y el redactor agregó el término iddische —referencia peyorativa a los judíos de Europa oriental— para sumar la dimensión antisemita a la burla.[50] El antisemitismo ocupó un lugar central en la deshumanización de los enemigos políticos de los nacionalistas; las caricaturas y las descripciones estigmatizantes de la revista reforzaron estereotipos circulantes desde la Edad Media (Burke, 2005).
La caricatura posee varios elementos para desentrañar. En primer lugar, la deformación de los rasgos físicos por medio de la sobredimensión y la curvatura de la nariz, era habitual en las representaciones de la izquierda y del pueblo judío presentes en publicaciones nacionalistas de las décadas de 1930 y 1940 (Gené, 2004). En segundo lugar, el ilustrador juega con la polisemia del término “montonero” que, junto con la lanza de tacuara, remitían tanto a la organización armada peronista como a los gauchos federales del siglo XIX. Además de la alusión de montonero a Kestelboim, la asociación entre gaucho (por la vestimenta) y comunista (por la simbología que portaba) sugiere un tercer sentido no dicho en la caricatura —pero sí en la nota que la acompaña—: la asociación entre comunismo y judaísmo, burla que hacía referencia al arquetipo presente en el libro de Alberto Gerchunoff Los gauchos judíos (1910).[51]
De ese modo, los estereotipos sirvieron para denostar a funcionarios “izquierdistas” acusados de carecer de credenciales para los cargos que ocupaban. Puiggrós fue señalado como un marxista alcohólico sin antecedentes académicos, y Kestelboim como un judío comunista, que “simulaba” ser argentino, “defensor de terroristas” y “montonero”, aunque nunca había militado en esa organización (Friedemann, 2016, pp. 687-688).
En contraste con la primera categoría de caricaturas, que mostraban cierta pericia del ilustrador, las viñetas de Leónidas se destacaron por su sencillez y desprolijidad. Los personajes eran monigotes inexpresivos con picos alargados, que se diferenciaban únicamente por su estereotípica vestimenta: un “guerrillero” con barba, gorra, y, a veces, armas; un joven “moderno” con pelo abultado y pantalones Oxford; y un judío ortodoxo con traje y sombrero.[52]
La viñeta “Buen trabajo” parodiaba un aula universitaria. Durante la clase, los estudiantes fuman con las piernas sobre los bancos, y dos de ellos juegan con un “tiki taka”. En las paredes se leen frases como “libertad de no estudiar”, “libros putos”, “el estudio aburguesa” y “profesores al paredón” (Imagen 4). El desorden y la falta de respeto a la autoridad constituían una sátira de la mirada nacionalista del funcionamiento de las universidades durante la gestión de Puiggrós; el epígrafe, redactado en verso, refuerza que “el mejor trabajo lo hizo/quien puso a Taiana y a Puiggrós a hacer su trabajo”.
Imagen 4. Buen trabajo
Fuente: Cabildo (3 de enero de 1974), (9), p. 34.
Imagen 5. Nido
Fuente: Cabildo (4 de abril de 1974), (12), p. 34.
En la viñeta del n.° 12 (Imagen 5) se observan dos personajes con picos que llevan gorra y barba en alusión a Fidel Castro, están dentro de un nido formado por hoces y martillos, en la base se leía: “Universidad Nacional y Popular de Buenos Aires”. Ambos miraban volar a dos “pichones”, animándolos a “profundizar el camino” abierto por la intervención. La rústica metáfora presentaba a la universidad como un “nido” de marxistas ocupado por docentes que impulsaban a sus “pichones” a difundir el comunismo.
La viñeta del ejemplar n.° 18 muestra la fachada de la Facultad de Derecho, en cuyo frontón aparecía la inscripción “Universidad Nacional y Popular de Buenos Aires”, y debajo un cartel que rezaba: “ingreso irrestricto” (Imagen 6). El escenario estaba abarrotado de personajes genéricos, con barba y pantalones Oxford; algunos trepándose por las columnas y la fachada del edificio. Los dos personajes situados en el techo, escena que aludía a la postal de la Reforma Universitaria de 1918, comentaban lo siguiente en referencia al ingreso irrestricto: “¿Y ahora qué?” pregunta uno, y el otro responde: “Ahora… ¡Andá a cantarle a Puiggrós!”. La referencia a la Reforma superaba el tono prosaico de las viñetas previas, e invitaba al lector a establecer una relación entre el presente y el pasado. A la vez, la caricatura condensaba los principales temores de los nacionalistas respecto de la universidad: que la eliminación de los exámenes de ingreso fomentase una “plaga” de jóvenes potencialmente revolucionarios que invadirían la institución.
Imagen 6. Ingreso irrestricto
Fuente: Cabildo (11 de octubre de 1974), (18), p. 34.
Las caricaturas de la primera época de Cabildo reproducían y rearticulaban los lugares comunes del nacionalismo reaccionario del siglo XX. Los elementos distintivos eran el ataque a los funcionarios camporistas y la mezcla de categorías provenientes de las clásicas teorías de la conspiración (izquierda, masonería, judaísmo), a las cuales se sumaba el ala izquierda del peronismo. Las viñetas de Leónidas mostraban una menor pericia en comparación a otros ilustradores de publicaciones de derecha, como el propio Punzó de Cabildo, Arpo y Erizo de Azul y Blanco o los dibujantes anónimos de El Caudillo.[53] La rusticidad del trazo y la ausencia de rasgos definidos en los personajes, junto con el escaso margen que dejaban para la interpretación y el doble sentido, obturaban la utilización de recursos propios del humor gráfico, como la macrocefalia, la exageración de rasgos faciales o físicos, o la zoomorfización (Burkart, 2021). La sección que se analizó sintetizaba las preocupaciones de los nacionalistas respecto a las consecuencias de la intervención en la universidad: el “descontrol” en el ingreso y la masificación de la propaganda comunista, llevarían a la destrucción de la institución y a excluir a los “verdaderos estudiantes”.
La mordacidad de las sátiras de Cabildo se destacó en los epítetos ocurrentes y en los juegos de palabras, más que en sus caricaturistas amateurs, quienes colaboraron sobre todo por diversión personal y no por pericia artística. La pluma refinada de sus redactores compensó la sencillez más prosaica de las caricaturas. La simplicidad y el sarcasmo ramplón de estos dibujos demostraban que, a pesar del registro culto de la revista y de la distintiva solemnidad de los nacionalistas, ellos también disfrutaban del humor sencillo y, principalmente, utilizaron el recurso gráfico y el humor para criticar e invalidar a sus enemigos. La lógica discursiva del nacionalismo, estudiada anteriormente en otros soportes, operó además en este formato para fijar ideas negativas sobre el gobierno, sus políticas y los funcionarios, que eran la personificación de lo que buscaban erradicar.
Conclusión
En este artículo se analizaron las posturas de un sector del nacionalismo católico argentino, nucleado en las revistas Cabildo, El Fortín y Restauración, frente a la modernidad cultural y los medios de comunicación durante la primera mitad de la década de 1970. Para esos nacionalistas que rechazaron las reformas del Concilio Vaticano II y se parapetaron tras su ortodoxia ultramontana, los valores católicos y la cultura nacional eran elementos centrales del “alma” argentina. Percibieron a la cultura de masas, laica, moderna y desafiante del orden establecido, como una combinación de degeneración de los valores tradicionales y de infiltración comunista.
Desde esa perspectiva, la cultura de masas fue interpretada como un espacio privilegiado de “infiltración subversiva”, aspecto que justificó la demanda de intervención estatal en la regulación y censura de los contenidos audiovisuales “inadecuados”. En ese marco, concebían al Estado como un ente de control y de vigilancia de los contenidos culturales y, por ende, de la observancia moral de la población argentina. Sin embargo, esa postura colisionaba con los individuos que controlaban las instituciones, identificados —junto con la democracia como sistema político— como los causantes de la degradación moral del país. Esta tensión permite comprender tanto los apoyos coyunturales a sectores del peronismo de derecha como las críticas persistentes a la estructura estatal en su conjunto.
En el plano universitario, estas ideas se articularon con el discurso de la Doctrina de la Seguridad Nacional, que consolidó la figura del “enemigo interno” y les otorgó a las instituciones educativas un rol central en la supuesta “penetración ideológica”. Los nacionalistas pensaron a la universidad como una fortaleza que debían recuperar y defender, puesto que, si se perdía, el marxismo dominaría la cuna de la inteligencia y los valores argentinos, y ello sería el preludio de la destrucción total de la civilización occidental y cristiana. En ese sentido, la democratización del ingreso y el avance del ala izquierda del peronismo fueron interpretadas como pruebas de una inminente “revolución cultural”. Como órgano representativo del nacionalismo católico, Cabildo mantuvo una postura crítica hacia los funcionarios camporistas; el ministro Taiana fue acusado de “entregar” la universidad al marxismo, y los funcionarios designados para la intervención en la UBA y en sus facultades corrieron la misma suerte.
Finalmente, el estudio del uso de caricaturas satíricas expone la traducción de estas concepciones en dispositivos de construcción del enemigo político. A través de viñetas que condensaban estereotipos morales, políticos y raciales, Cabildo articuló un repertorio de representaciones que combinaban anticomunismo, antisemitismo y denuncia moral. En ese marco, figuras como Rodolfo Puiggrós y Mario Kestelboim fueron objeto de ataques recurrentes que sintetizaban, en clave gráfica y discursiva, el conjunto de su diagnóstico acerca de la crisis cultural y universitaria del período.
Referencias bibliográficas
Notas
[1] Este artículo es una reelaboración de un capítulo de mi tesis de maestría (Ruiz, 2023).
[2] En este trabajo se consideran a las tres revistas como parte del mismo proyecto editorial; el cambio de nombre y tipografía se debió a la censura legal del gobierno peronista en dos ocasiones durante 1975.
[3] Por una cuestión de espacio se mencionan los aportes de la primera época de la revista (1973-1976), aunque varios autores han estudiado la segunda (1976-1991) y la tercera etapa (1999-2017).
[4] Ambas investigadoras han desarrollado otras líneas de abordaje. Rodríguez (2015) analizó la recepción de la hispanidad en Cabildo y en otros grupos afines, mientras que Orbe estudió las revistas en varios textos señeros, centrándose en las redes de sociabilidad de Cabildo (2009, 2012, 2015), tarea que profundizó en su trabajo sobre la trayectoria personal de Vicente Massot (2017a).
[5] El autor definía a la aristocracia, desde el modelo aristotélico, como un gobierno de los mejores que servía desinteresadamente al “Bien Común” [sic], oponiéndolo a la oligarquía “estúpida, canallesca, servil ante el extranjero y despectiva frente al criollo”. También indicó que la aristocracia debía tomar la forma de una “minoría revolucionaria” que proyectara los valores espirituales y nacionales hacia el futuro “en la dinámica creadora de la Patria Nueva”. Fray Alberto. (3 de enero de 1974). Aristocracia y oligarquía. Cabildo, (9), p. 14. La colección de las publicaciones es parte del archivo personal del autor.
[6] La lucha por la cultura (31 de julio de 1975). Restauración, (2), pp. 22-23.
[7] La dualidad entre “realidad inmediata” y “cultura vigente” refiere a las categorías maurrasianas “país legal-país real”, utilizadas frecuentemente en la revista.
[8] La lucha por la cultura (31 de julio de 1975). Restauración, (2), pp. 22-23. En ese discurso había un eco manifiesto hacia la crítica a la modernidad de autores como René Guenon, Hillaire Belloc y Oswald Spengler, referentes del pensamiento conservador europeo mencionados en la nota.
[9] La lucha por la cultura (31 de julio de 1975). Restauración, (2), pp. 22-23. Los cruces entre Cabildo y el segmento del mercado editorial que consideraba “subversivo”, principalmente con medios “pornográficos” como Satiricón y publicaciones “marxistas” como Crisis y El Descamisado, fueron analizados por Ruiz (2024).
[10] E.G.V [Edmundo Gelonch Villarino]. (14 de noviembre de 1975). Restauración del Arte nacional. Música y guerra subversiva. Restauración, (5), pp. 29-31.
[11] La mirada decadentista sobre la cultura de masas estaba presente en algunos liberal-conservadores como Víctor Massuh. Al respecto, véase el trabajo de Martín Vicente (2014).
[12] La jerarquización de culturas puede vincularse al racismo científico, cuyo principal referente era Joseph Arthur de Gobineau —autor de Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1853-1855)—, mencionado como referente ideológico por Luis Bandieri, miembro fundador de Cabildo (entrevista realizada por el autor en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en enero de 2021).
[13] E.G.V [Edmundo Gelonch Villarino]. (14 de noviembre de 1975). Restauración, (5), pp. 29-31.
[14] TV barranca abajo (4 de octubre de 1973). Cabildo, (6), p. 33.
[15] R.H.R [Roberto Horacio Rafaelli]. (18 de abril de 1975). Triángulo de cuatro–Cine. El Fortín, (2), p. 33.
[16] C.G.P.R [Carlos Guillermo Pezzano Rava]. (14 de noviembre de 1975). Restauración cultural–Cine. Restauración, (5), p. 33.
[17] El Ente fue reformado durante la dictadura de Juan Carlos Onganía y estaba integrado por representantes de instituciones privadas para “la defensa de la familia y de los valores morales de la comunidad” (Ekerman, 2014, pp. 17-28).
[18] Mastroianni, J. (7 de febrero de 1974). La ‘Censura’, el Ente Calificador y otras frivolidades. Cabildo, (10), pp. 12-13.
[19] Tato fue crítico de cine en el diario El Mundo en las décadas de 1920 y 1930, tuvo conflictos con varias distribuidoras de películas norteamericanas por sus comentarios. Posteriormente, trabajó en la Secretaría de Información en los gobiernos peronistas (Ekerman, 2014).
[20] El ‘Ente’ o la excepción en el Estado (12 de septiembre de 1975). Restauración, (3), pp. 33-34.
[21] Pasolini fue un poeta, escritor y cineasta que dirigió películas muy transgresoras para la época, con escenas explícitas de sexo y violencia que horrorizaron a los críticos, como El Decamerón y Saló o los 120 días de Sodoma. Los nacionalistas veían en él a un corruptor de obras clásicas y a un difusor de la degeneración por ser comunista y homosexual; ver al respecto C.G.P.R [Carlos Guillermo Pezzano Rava]. (4 de octubre de 1973). La muerte del cine; y V.E.O [Víctor Eduardo Ordóñez]. (14 de noviembre de 1975). Pasolini. Restauración, (5), p. 33. Respecto a la trayectoria de Pasolini, véase Dalmau (2022).
[22] Debo esta oración a Paola Benassai.
[23] El ‘Ente’ o la excepción en el Estado. (12 de septiembre de 1975). Restauración, (3), p. 33.
[24] El ‘Ente’ o la excepción en el Estado. (12 de septiembre de 1975). Restauración, (3), p. 34.
[25] La “misión Ivanissevich” y las intervenciones a facultades y universidades fueron analizadas por Rodríguez (2015). Si bien hay múltiples referencias a los personajes mencionados en Cabildo durante ese período, no se examinaron aquí por cuestiones de espacio y quedan pendientes para trabajos futuros.
[26] Sobre las reacciones contra la reforma universitaria, ver el trabajo de Diego Mauro y José Zanca (2018).
[27] Respecto a esta temática, remitimos a autores como Alberto Caturelli (1963), Patricio Randle (1973, 1974) y Bernardino Montejano (1979).
[28] Universidad–Solano Lima al Rectorado, Villanueva al Poder, y Perón ¿Qué? (9 de mayo de 1974). Cabildo, (13), pp. 16-17.
[29] “‘CABILDO’ en ninguno de sus 18 números publicados ha dejado de tratar la cuestión universitaria porque le concede un valor fundamental, a diferencia de los políticos profesionales y de un cierto sector del peronismo que no tuvo empacho en ‘negociar’ la universidad”. Universitarias–La U.B.A. intervenida: una esperanza después de dieciséis meses de caos (11 de octubre de 1974). Cabildo, (18), p. 15.
[30] Luis Bandieri y Bernardino Montejano eran abogados; Vicente Massot y Juan Carlos Monedero, estudiantes de ciencias políticas y de derecho respectivamente. Otros colaboradores, como Rubén Calderón Bouchet, Leonardo Castellani y Federico Ibarguren, eran historiadores, filósofos o economistas.
[31] P.H.R [Patricio Horacio Randle]. (31 de julio de 1975). Lo que hay que hacer en materia de educación. Restauración, (2), pp. 23-25.
[32] Universitarias–Memoria y Balance de la Reforma Universitaria (15 de junio de 1918). (13 de junio de 1974). Cabildo, (14), pp. 22-23.
[33] Historia de una cobardía. (5 de julio de 1973). Cabildo, (3), pp. 26-28.
[34] El SUD era una agrupación nacionalista de orientación falangista inspirada en el Sindicato Español Universitario, grupo de choque español formado en 1933 durante la Segunda República Española (Gutman, 2017). La pertenencia al SUD de algunos de los miembros de Cabildo fue confirmada por Bernardino Montejano (entrevista realizada por el autor en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en enero de 2021) y Juan Carlos Monedero (entrevista realizada por el autor por correo electrónico, febrero de 2021). También figura en las autobiografías de Juan Luis Gallardo (2011) y de Enrique Graci Susini (2019).
[35] Prejuicios y Contraprejuicios. (7 de febrero de 1974). Cabildo, (10), p. 24.
[36] ¿Qué harán las nuevas autoridades universitarias? (17 de mayo de 1973). Cabildo, (1), p. 27. Nuevas Universidades en la Ruta Hacia el Caos. (14 de junio de 1973). Cabildo, (2), p. 27.
[37] Prejuicios y Contraprejuicios. (7 de febrero de 1974). Cabildo, (10), p. 24.
[38] Universitarias–La universidad frente al desenlace. (1 de noviembre de 1973). Cabildo, (7), pp. 29-30.
[39] Massot, V. (3 de enero de 1974). Taiana: la otra cara de la entrega. Cabildo, (9), p. 19.
[40] Universitarias–La universidad frente al desenlace. (noviembre de 1973). Cabildo, (7), p. 29.
[41] Incógnitas Políticas del Espectro Justicialista. (14 de junio de 1973). Cabildo, (2), p. 5.
[42] Sobre las teorías antisemitas de la conspiración, ver Daniel Lvovich (2003) y Ernesto Bohoslavsky (2009).
[43] Marxistas, Guerrilleros, Frondizistas y Otras Yerbas en la Universidad Nacional y Popular. (6 de septiembre de 1973). Cabildo, (5), p. 34.
[44] De acuerdo a Ernst Gombrich (1979), se entiende aquí por caricatura una ilustración que exagera o sobredimensiona ciertos rasgos físicos para burlarse de alguien y a la vez causar risa en el espectador.
[45] Totus Revolutus. (14 de junio de 1973). Cabildo, (2), p. 15.
[46] ¿Qué ‘peronismo’ se ha hecho cargo de la Universidad de Buenos Aires? (5 de junio de 1973). Cabildo, (3), pp. 24-25.
[47] La tapa de Cabildo (18) incluye junto al titular “¿La Universidad al servicio de la Nación?”, una foto de la Facultad de Derecho de la UBA. La portada da cuenta de la referencia frecuente a esa Facultad como representación concreta de “la Universidad”. Esto se explica por la pertenencia de parte del núcleo de la revista, abogados, docentes o estudiantes de Derecho, a la Facultad y al SUD.
[48] Referencia de Roberto Baschetti [blog], en https://robertobaschetti.com/kestelboim-mario-jaime/
[49] El cántico fue publicado en La Nación y La Prensa del 2 de junio de 1973, lo cual confirma su veracidad (citado en Friedemann, 2016, pp. 687-688).
[50] El rasgo antisemita de Cabildo fue analizado por Waisman (1986), Saborido (2004) y Grinchpun (2020).
[51] La categoría refiere a los inmigrantes judíos provenientes de Europa Oriental que fundaron colonias agrícolas en zonas fértiles argentinas a fines del siglo XIX. La asimilación entre judaísmo y comunismo se observa en medios de comunicación de la derecha peronista como El Caudillo, que compartieron con Cabildo la mirada conspirativa, antisemita y anticomunista (Besoky, 2016).
[52] Por coherencia temática, en este artículo solamente se analizan algunas caricaturas representativas de la serie relacionadas con el marxismo y la cuestión universitaria.
[53] Sobre las caricaturas de Azul y Blanco, ver María Valeria Galván (2013); respecto a El Caudillo, consultar Juan Luis Besoky (2016).