Quinto Sol, vol. 30, n.º 3, septiembre-diciembre 2026, ISSN 1851-2879, pp. 1-20  

http://dx.doi.org/10.19137/fhy42v96 


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ARTÍCULOS

”Si hubieran llegado unos días antes…”. Un abordaje comparativo entre las estructuras y dimensiones de Montoneros y las Fuerzas Armadas Revolucionarias

"If they had arrived a few days earlier..." A comparative approach to the structures and dimensions of Montoneros and the Revolutionary Armed Forces

“Se tivessem chegado alguns dias antes…”. Uma análise comparativa entre as estruturas e dimensões dos Montoneros e das Forças Armadas Revolucionárias

Carlos Ignacio Custer

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas / Universidad de Buenos Aires

Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”

Argentina

Correo electrónico: carlosignaciocuster@hotmail.com

ORCID: https://orcid.org/0000-0003-4291-4268

Resumen

El propósito de este artículo es efectuar un estudio comparativo de las estructuras y la extensión organizativa previa de dos expresiones político-militares actuantes en Argentina durante los años setenta: Montoneros y las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Para ello, en la primera sección se relevó cómo fueron aludidos esos aspectos por la bibliografía especializada. En un segundo momento, se comparó a estas organizaciones a partir de tres criterios indirectos —cantidades de núcleos y militantes fundacionales identificados, acciones armadas realizadas y bajas sufridas— que permitieron establecer una pronunciada equivalencia entre ambas durante el período 1970-1972. No obstante, pese a la paridad, la predominancia montonera al consumarse la fusión —facilitada adicionalmente por la acentuada semejanza de sus estructuras previas—, debe explicarse y esa cuestión se indagó en la última sección. Tanto la imagen “más peronista” irradiada por Montoneros como su ductilidad política, fueron dos elementos que se conjugaron en el momento conocido como “engorde” para coadyuvar a un “desbalance” de fuerzas que terminó por operar a su favor con miras a la anhelada unión.

Palabras clave

violencia política; movimientos revolucionarios; radicalización.

Abstract

The purpose of this article is to conduct a comparative study of the structures and prior organizational reach of two political-military groups active in Argentina during the 1970s: Montoneros and the Revolutionary Armed Forces. To this end, the first section examines how these aspects were addressed in the specialized literature. The second section compares these organizations based on three indirect criteria—number of cells and founding members identified, armed actions carried out, and casualties suffered—which reveal a marked equivalence between them during the period 1970–1972. However, despite this parity, Montoneros' predominance after the merger—further facilitated by the striking similarity of their prior structures—requires explanation, and this question is explored in the final section. Both the “more Peronist” image projected by Montoneros and their political flexibility were two elements that combined at the time known as “engorde” to contribute to an “imbalance” of forces that ended up working in their favor with a view to the longed-for union.

Keywords 

political violence; revolutionary movements; radicalization.

Resumo

O objetivo deste artigo é realizar um estudo comparativo das estruturas e da extensão organizacional prévia de duas manifestações político-militares ativas na Argentina durante a década de 1970: os Montoneros e as Forças Armadas Revolucionárias. Para isso, na primeira seção, foi analisado como esses aspectos foram abordados pela literatura especializada. Em um segundo momento, comparou-se essas organizações com base em três critérios indiretos —número de núcleos e militantes fundadores identificados, ações armadas realizadas e baixas sofridas— que permitiram estabelecer uma equivalência acentuada entre ambas durante o período de 1970 a 1972. No entanto, apesar da paridade, a predominância dos Montoneros ao se concretizar a fusão —facilitada adicionalmente pela acentuada semelhança de suas estruturas anteriores— deve ser explicada, e essa questão foi investigada na última seção. Tanto a imagem “mais peronista” transmitida pelos Montoneros quanto sua flexibilidade política foram dois elementos que se combinaram no momento conhecido como “engorde” para contribuir para um “desequilíbrio” de forças que acabou operando a seu favor, com vistas à tão almejada união.

Palavras-chave

violência política; movimentos revolucionários; radicalização.

Recepción del original: 21 de noviembre de 2025.

Aceptado para publicar: 10 de julio de 2026.

”Si hubieran llegado unos días antes…”. Un abordaje comparativo entre las estructuras y dimensiones de Montoneros y las Fuerzas Armadas Revolucionarias[1]

Introducción

Una de las temáticas más profusas en el campo que suele ser nominado como Historia reciente en Argentina, ha sido en los últimos veinte años el estudio de las trayectorias de las organizaciones armadas revolucionarias “setentistas”. Estos nucleamientos irrumpieron en 1970, acicateados por el auge de la movilización obrera y la protesta social desencadenada en el país a partir del año anterior, y rápidamente se convirtieron en actores relevantes de la escena política nacional, fruto de un proceso de radicalización sin precedentes. Ambos fenómenos pusieron en “jaque” a la dictadura autodenominada “Revolución Argentina” que, amparada en los lineamientos de la Doctrina de Seguridad Nacional, impulsó un proyecto regeneracionista de corte fuertemente autoritario a través de un golpe de Estado perpetrado en junio de 1966 y encabezado por el teniente general (R.) Juan Carlos Onganía. En materia económica, promovió la apertura hacia el capital externo y la contención de la inflación por medio de un programa basado en el congelamiento salarial.

Lejos de erradicar el “peligro subversivo” y el desorden político y económico que venía a conjurar, la dictadura acaudillada por el teniente general Alejandro Agustín Lanusse emprendió el camino de la institucionalización democrática a partir de abril de 1971, como una vía destinada a relegitimar el sistema político y moderar el clima de contestación, en un contexto que algunos autores clásicos calificaron de “crisis orgánica”, “crisis de hegemonía” o, incluso, la superposición de una crisis del régimen militar con una crisis de dominación social (Portantiero, 1977; O’Donnell, 1982; Cavarozzi, 1983). Esta medida suponía necesariamente la integración del peronismo     —desalojado del poder con el golpe de Estado en 1955— mediante una participación electoral que tuviera la aquiescencia de su máximo líder, Juan Domingo Perón, forzado al exilio desde su derrocamiento.

El proceso de radicalización política, que tuvo en la creación y el crecimiento de las organizaciones armadas revolucionarias uno de sus puntales, se nutrió de varios factores: a) la deslegitimación del sistema político fruto de la tutela militar y los efectos de la proscripción prolongada del peronismo (Cavarozzi, 1983); b) la inestabilidad derivada de la conflictividad social y de la imposibilidad de reconfigurar un poder político duradero (Portantiero, 1977); c) el intento de las clases dominantes por conjurar esa potencial amenaza por medio de un golpe de Estado preventivo destinado a implantar una gestión de carácter burocrático-autoritaria (O’Donnell, 1982); d) la frustración con la línea política reformista sostenida por los partidos de izquierda tradicionales —Comunista y  Socialista— y su incapacidad de recuperar la influencia política en el seno de la clase obrera tras la consolidación peronista en 1946 (Sigal, 1991; Terán, 1991; Altamirano, 1992); e) el ejemplo de Ernesto “Che” Guevara y el impacto de la Revolución cubana y de otros procesos de liberación nacional liderados por fuerzas revolucionarias armadas en Vietnam y Argelia.

En virtud de la prolífica bibliografía dedicada al estudio de las trayectorias y de los nudos problemáticos de la experiencia de las organizaciones armadas revolucionarias, en este artículo es imposible condensar las principales obras y los aportes efectuados a lo largo del tiempo. No obstante, una de las carencias más notorias, si se considera la cantidad y calidad de los trabajos realizados, reside tanto en la escasez relativa de abordajes comparativos como prácticamente en la ausencia de referencias respecto a las dimensiones y las estructuras organizativas puestas en marcha por las diferentes formaciones en el período 1970-1973. En el primer caso, los análisis tendieron a centrarse en Montoneros y en el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP), ya sea para tomar como objeto de análisis sus concepciones políticas generales, la incidencia de la participación femenina en la construcción de la subjetividad revolucionaria o los diferentes medios de prensa puestos en funcionamiento por aquellas organizaciones (Caviasca, 2006; Oberti, 2015; Carrera y Denza, 2016). Más recientemente se propusieron diversos ejes analíticos con el objeto de delinear los perfiles distintivos de las diferentes organizaciones armadas peronistas, como Descamisados, Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y Montoneros (González Canosa y Stavale, 2021). También se ha ofrecido un abordaje comparativo de la política no armada impulsada por estas dos últimas expresiones como por el PRT-ERP y la Organización Comunista Poder Obrero —OCPO— (Cormick, 2023). En cuanto al segundo aspecto mencionado, si bien se han efectuado numerosas referencias, en particular para momentos posteriores a 1973 y principalmente referidas a Montoneros y el PRT-ERP (Gasparini, 1988; Perdía, 1997; Mattini, 1995), aún carecemos de esquemas finales que puedan dar un panorama pormenorizado de estructuras que fueron eminentemente embrionarias durante ese tiempo.

A partir de las menciones previas, en este artículo se propone avanzar en una aproximación comparativa entre Montoneros y las FAR, dado que el 12 de octubre de 1973 ambas culminaron fusionándose en una nueva entidad que mantuvo el nombre de la primera. Para efectuar un cotejo abarcador, consideramos que la tarea debe contemplar las dimensiones y estructuras de cada afluente, las divergencias y similitudes en torno a la imagen previa proyectada por las dos organizaciones y también las concepciones políticas sostenidas por cada una de ellas. Estos dos últimos aspectos ya fueron abordados en trabajos recientes (Custer, 2023, 2026) y, en aras de ofrecer un recorte temático que permita un análisis lo suficientemente exhaustivo, nos ceñiremos a efectuar consideraciones respecto al primer punto, es decir, a las formas organizativas y las magnitudes relativas de las expresiones bajo examen. En este sentido, una pregunta que recorrió nuestra pesquisa fue la siguiente: ¿Montoneros tuvo un desarrollo mayor que las FAR? Esta idea se podría corroborar —aparentemente— por la admisión de inferioridad por parte de las FAR, que supuso una integración en pie de desigualdad y se adoptó la nominación montonera. No obstante, un interrogante válido a plantear es si desde el inicio fue efectivamente así, o si se produjo un “desbalance” de fuerzas en favor de Montoneros en determinado momento que allanó el camino hacia una unificación marcada por la prevalencia de esta última.  

Para ello, en la primera parte de este trabajo se reseña el estado del arte y los principales aportes existentes en la bibliografía especializada respecto a los tópicos examinados. En un segundo momento se puntualiza en la similitud estructural de las dos organizaciones y se pondera su tamaño relativo con base en tres criterios diferentes que, aunque indirectos, tienen el valor de asentarse en evidencia empírica. Estos criterios son: cantidad de militantes fundadores identificados y sus núcleos urbanos de localización; operatividad armada en términos cuantitativos, cualitativos y de expansión geográfica y cantidad de muertos, detenidos y desaparecidos pertenecientes a cada organización.  En la última sección se determina el momento y las razones que explican el desequilibrio en favor de Montoneros. Al efecto, se estudiaron diferentes casos “testigos” a nivel nacional (La Plata, Mar del Plata, Neuquén y Santiago del Estero) que, sin implicar un análisis exhaustivo de carácter federal, denotan que la presencia de las FAR antecedió a la de Montoneros al menos en esas localidades. 

Las estructuras y dimensiones de las organizaciones armadas revolucionarias en la bibliografía especializada

La propuesta asumida nos habilita, entonces, en dos direcciones a las cuales se orienta el presente artículo. El estudio de las estructuras ha sido un aspecto soslayado en gran parte de la bibliografía general referida a las organizaciones armadas. Esto no resulta extraño, por la dificultad que implica reconstruir organismos que no solo eran clandestinos, sino que además sufrieron no pocas alteraciones. Sin embargo, hay algunos aportes de “larga data” y de gran valor, que tienden a concentrarse mayormente en las dos formaciones que a la postre resultaron ser las principales: Montoneros y el PRT-ERP. Este desbalance bibliográfico, en cierto sentido lógico, en favor de estas dos expresiones respecto del resto del universo de las organizaciones armadas, es un aspecto que se ha destacado en varias ocasiones (Mangiantini, 2015; Rot, 2016; González Canosa y Stavale, 2021).

En el caso de Montoneros, la cuestión fue sondeada en forma pionera por el clásico trabajo de Richard Gillespie (1987), quien clasificó las diversas estructuras montoneras en cinco grandes etapas: 1) 1970-1973: Comandos, Unidades Básicas de Combate (UBC)/Unidades Básicas Revolucionarias (UBR) y Juventud Peronista-Regionales; 2) 1973-1974: Montoneros, Juventud Peronista (JP) y “Frentes de masas”; 3) 1975: Montoneros, Movimiento Peronista Auténtico y Ramas; 4) 1977-1979: Jefatura Máxima, Partido Montonero (PM), Ejército Montonero (EM), Movimiento Peronista Montonero (MPM) y Ramas; y 5) 1979: Conducción Nacional (CN), Secretarías Nacionales, PM, MPM, Ramas, EM, Tropas Especiales de Infantería y Tropas Especiales de Agitación. Como vemos, al margen de ciertas omisiones, este autor británico fue bastante exhaustivo, máxime si tenemos en cuenta la fecha de publicación, aunque su investigación estuvo centrada más en desentrañar las ligazones orgánicas de Montoneros que en el funcionamiento de su estructura interna. Al poco tiempo, Juan Gasparini (1988) fue el encargado de confeccionar un único “organigrama” de Montoneros, con el propósito de condensar “los rasgos generales presentes en todo momento” (pp. 263-264) aunque, por el carácter y lo extenso de las estructuras reseñadas (CN de tres o cuatro miembros, Consejo Nacional y Secretarías; Consejo Federal y Regionales, Área Federal, entre otros), el esquema remitía claramente a la organización durante el Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983).

La dinámica tendiente a la complejización en el devenir de dicha fuerza político-militar fue la temática que graficó María José Moyano (1995) quien, al servirse de las contribuciones preexistentes, dotó también a su trabajo de una perspectiva secuencial. Un cuadro más acabado del asunto lo terminó de dar uno de sus máximos dirigentes, Roberto Perdía (1997), al ofrecer el “esquema organizativo” puesto en marcha en 1973: CN, Consejo Nacional, Regionales, Columnas, UBC, UBR y las agrupaciones que conformaron los diferentes “Frentes de masas”, es decir, estructuras que nucleaban al activismo no armado ligado a la organización. Este autor estableció además los tres niveles de la militancia según la ubicación jerárquica: “oficiales” para UBC u organismo superior, “aspirantes” para UBR y militantes “de base” para las agrupaciones y “Frentes de masas”.[2] También indicó las proporciones que ligaban a cada una de las estructuras: siete u ocho Regionales; de dos a cinco Columnas por Regional; de cinco a diez UBC por Columna y de seis a doce UBR por UBC. Por su parte, la obra de Lucas Lanusse (2005), si bien no ha tematizado específicamente la cuestión de la estructura organizativa interna de Montoneros, profundizó en las redes de militancia que dieron origen a los “grupos originales” y sus relaciones en función de la unificación nacional que consumaron entre fines de 1969 y principios de 1970.

Lo expuesto respecto de Montoneros difiere, en parte, de lo estudiado en otras organizaciones. Si bien existen aproximaciones que ahondaron en la forma organizativa que se dio, por ejemplo en el PRT-ERP, dichos trabajos adolecieron de un esfuerzo sistemático por brindar algún tipo de bosquejo o esquemas secuenciales. Al margen de ciertas referencias brindadas por Moyano (1995), la obra más completa sigue siendo la de Luis Mattini (1995) porque ofrece un panorama completo del PRT-ERP y de la compleja imbricación entre Partido y Ejército a través de sus diversos organismos: Secretario General, Comité Central, Buró Político, Comité Ejecutivo y Comité Militar en el PRT; Comandante en Jefe, Estado Mayor y las respectivas unidades militares del ERP (batallón, compañías, pelotones y escuadras). Este intrincado organigrama terminó de estructurarse en 1973, año que también vio la expansión del PRT-ERP en términos territoriales. Asimismo, cabe mencionar el notable trabajo de Stella Grenat (2010) al reconstruir la particular estructura organizativa de las Fuerzas Argentinas de Liberación (FAL), cuya sigla aludía a diferentes denominaciones e inspiró una coordinación de columnas independientes que confluyeron operativamente en un lapso acotado de tiempo, más precisamente, entre fines de 1970 y finales de 1971.

El avance investigativo sobre las FAR —la otra organización que tomamos como objeto en este artículo— ha sido notoriamente menos desarrollado que el concerniente a Montoneros. No obstante, se pudo identificar a los “grupos fundadores”, a las cinco Regionales que establecieron las FAR (Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Tucumán y Mendoza) y también una visión acerca de su estructuración interna compuesta por: la “conducción nacional”, las instancias regionales, los grupos locales, los “comandos” operativos y de apoyo, y las “agrupaciones” con las cuales se ligaba orgánicamente por intermedio de las conducciones (González Canosa, 2021). Resta aún tematizar este ordenamiento general de manera más profunda y establecer, mediante un análisis comparativo, las dinámicas internas en relación con Montoneros, cuestión que se analiza en este trabajo.

A la hora de mensurar la envergadura de las organizaciones armadas revolucionarias, afloran numerosos escollos que se convierten en arduos problemas de investigación. El primero remite a la inexistencia de documentación interna que aluda de manera directa a la estructura y afiliación de sus miembros, en virtud de ser formaciones clandestinas que guardaban especial celo para que sus materiales internos no cayeran en manos de las fuerzas de seguridad. No obstante, las capturas y los allanamientos no dejaron de ser contingencias inherentes a la acción armada revolucionaria y, por paradójico que fuera, parte importante del acervo documental de las “orgas”[3] proviene de los archivos formados a partir del acopio efectuado por agencias policiales y militares. En segundo lugar, la “compartimentación” hizo que, fruto de la sistematicidad y la profundidad implementada, quienes militaban no sabían prácticamente nada respecto de la extensión y las ramificaciones de la organización a la cual pertenecían, más allá de lo que llegaron a conocer por “contacto directo”. Distintos testimonios revelaron durante la investigación que cierta imposibilidad de “compartimentación” ocurrió en ciudades menos pobladas, y que también alguna “descompartimentación”, por el paso del tiempo, repercutió en el conocimiento de los protagonistas con posterioridad a su militancia orgánica. En un tercer orden, cuando las “orgas” acrecentaron sus filas en forma notable según diferentes grados de pertenencia y de jerarquía, los diferentes niveles organizativos de las estructuras ocluyeron una clara diferenciación entre el “adentro” y el “afuera”, sobre todo en los casos de militantes que se encontraban en los intersticios del “aparato” y de las agrupaciones que posteriormente dieron nacimiento a los “Frentes de masas”.

Cabría agregar como último elemento el “factor psicológico” ligado a la temporalidad de ciertos pronunciamientos por parte de los propios actores. Como ha destacado Prudencio García (1995), la tendencia que existía en las organizaciones armadas de cara al exterior con el propósito de “inflar” su volumen y potencia operativa real en función de afirmar su prestigio social, se combinó inversamente con la necesidad castrense de exagerar los contingentes numéricos de aquellas fuerzas para justificar sus prácticas violatorias de los derechos humanos, en especial a posteriori de los hechos y al iniciarse la transición democrática. Estas dificultades han conducido a evitar toda referencia en la materia o, en función de las “distorsiones” antes descriptas, a arriesgar estimaciones marcadamente disímiles y sin sustento empírico alguno. Por su parte, Gustavo Morello (2017, pp. 173-174) recopiló en cifras muchas de estas últimas aproximaciones que, para nuestra desazón, no aludían al período 1970-1973. Solo hay referencias directas para los años 1973-1976 y se estiman 10.000 “cuadros” armados para Montoneros ("5.000 combatientes y 5.000 aspirantes orgánicos”) en su momento de mayor expansión (según Roberto Perdía) —que habría sido en 1974— y 2.000 para el año siguiente (en base a datos de Marcos Novaro y Vicente Palermo). Mientras que sobre el PRT-ERP se ha calculado un caudal de combatientes que llegaría a 500 (Novaro y Palermo) y solo 300 en Buenos Aires y su área metropolitana (según datos de Martín Andersen que cita Morello). En este punto, si bien Prudencio García (1995) introdujo nuevamente una observación precisa en cuanto a diferenciar las cuantificaciones absolutas de cada organización respecto del “número máximo” de los militantes que llegaron a empuñar las armas en un momento dado, consideramos que su estimación de este último valor (entre 600 a 800 montoneros y 400 a 500 PRT-ERP) resulta un tanto exigua, al tomar como base ciertos guarismos plasmados en la documentación correspondiente a fines de 1975 para el PRT-ERP y al período del Proceso de Reorganización Nacional para Montoneros, ocluyendo el fenómeno del “engorde” al que aludiremos más adelante.

Las estructuras de Montoneros y de las FAR de cara a la fusión

Tanto Montoneros como las FAR conformaron estructuras fundamentalmente similares, aspecto que facilitó la unificación. En términos geográficos, ambas se desarrollaron progresivamente en las principales ciudades del país y, para inicios de 1973, estrecharon vínculos con grupos de activistas de numerosas localidades de pequeña y mediana envergadura, a partir del influjo de una JP que se configuró a mediados de 1972, ligada política y orgánicamente por medio de sus “cuadros” de conducción al eje FAR-Montoneros. En particular a esta última, por intermedio del rol que cumplió su referente nacional Rodolfo Galimberti, integrante del Consejo Superior del Movimiento Peronista, designado por Juan Domingo Perón en representación del sector juvenil y cuadro de “superficie” de Montoneros. Ese “engorde”, a través del cual el radio de activistas amplificó notablemente la influencia y, en menor medida, las dimensiones de unos “aparatos” armados que —por cuestiones de seguridad y logística— tenían mayores límites para su expansión, posibilitó que se avizorase una configuración de verdadero alcance nacional, que tuvo su correlato en la puesta en marcha de siete Regionales por parte de la JP al momento de su constitución y que, de modo prácticamente exacto, replicaron las “orgas” al fusionarse.[4] 

 En términos organizativos, los aparatos armados contaban con una disposición “celular” idéntica que garantizaba, en la mayor medida posible, el principio de la “compartimentación”, es decir, mantener cada “célula” o “ámbito” como compartimentos estancos. La forma de relacionarse era fundamentalmente vertical, en tanto estaba formada por una persona que ocupaba la jefatura y tenía a su cargo —en una composición ideal— un reducido número de integrantes (entre cuatro y seis), quienes a su vez ostentaban la conducción de “ámbitos” subordinados.[5] Esta modalidad también se replicó “hacia abajo”, cuando ambas organizaciones propendieron a establecer vinculaciones orgánicas con el activismo no armado (“movimiento de masas” afín), dotándose de estructuras intermedias. Dicho proceso comenzó a fines de 1971 con la disposición de la UBR montonera y a principios de 1972 para el caso de las FAR por medio del Comando de Apoyo (CdA), tal como se ha destacado en la bibliografía (Lanusse, 2005; Bartoletti, 2011; González Canosa, 2021; Custer, 2022).  Pese a lo señalado en el sentido de entrever que este último no tuvo la función —a diferencia de la UBR— de convertirse en “conducción táctica” de la movilización popular, lo cierto es que los CdA estaban compenetrados con las agrupaciones de “base” (no armadas), es decir, integrados por militantes de estas o que formaban parte de sus conducciones. Tenían, entre una de sus cuatros tareas, aquella misma misión, además de propagandizar la lucha armada, de servir como red de captación de militantes y operar como fuente de suministro de información relevante (González Canosa, 2021; González Canosa y Stavale, 2021).[6] Al momento de reunir a los militantes en nuevas estructuras unificadas con el objeto de concretizar la fusión de ambos organismos, en virtud de su carácter de nexo entre la organización clandestina y la “superficie”, no casualmente fueron equiparados como idénticos.[7] 

Respecto a la distribución del poder, ambas organizaciones se caracterizaron por establecer una unidad lábil, que en Montoneros se distinguió hasta 1972 por tener una estructura de carácter federativo, mientras que en las FAR contemplaban —por medio de un Ejecutivo de la Dirección Nacional— la posibilidad de un mando central “ajeno en principio a la extracción o representatividad regional de sus miembros”.[8] Sin embargo, este matiz se vio atenuado por varias razones y, previo a la fusión, terminó por difuminarse totalmente. En primer lugar, pese a una estructura de corte federal, Montoneros dispuso al igual que las FAR de una instancia coordinadora ligada y, al mismo tiempo, separada —denominada Dirección Nacional— de las conducciones Regionales: el Consejo Nacional. En segundo lugar, ambas organizaciones siempre tuvieron como dirigente máximo a un “capitalino”. Fernando Abal Medina, José Sabino Navarro y Mario Firmenich lo fueron sucesivamente para Montoneros, en tanto que Carlos Olmedo y Roberto Quieto ostentaron dicha posición en el caso de las FAR, la única excepción fue la del cordobés Juan Julio Roqué en esta última agrupación.[9] Finalmente, como punto más importante, Montoneros contó a partir de fines de 1972 con un organismo de conducción central semejante al Ejecutivo de la Dirección Nacional de las FAR, es decir, “desacoplado” territorialmente de sus respectivas regionales: la Conducción Nacional.[10] En términos globales, las dos organizaciones a través de la fusión de sus estructuras dieron un paso decisivo en un proceso de centralización que se acentuó en forma sostenida a partir de ese momento.[11]

A la hora de mensurar la envergadura, tanto de Montoneros como de las FAR, nos enfrentamos a los escollos extensibles a toda organización armada que hemos referido precedentemente. Un intento para superarlos fue apelar al efecto de “descompartimentación” mediante entrevistas a exmilitantes, con la finalidad de mensurar al menos tentativamente las dimensiones de las organizaciones de las cuales formaron parte. Por ende, las preguntas relativas a indagar este aspecto y otros temas, estuvieron orientadas por dos temporalidades diferentes: una pretérita (“¿cuántas personas conformaban el núcleo de tu militancia activa?”) y otra presente (“teniendo en cuenta lo que sabés actualmente de la organización y del conocimiento que pudiste recabar a posteriori de tu militancia: ¿cuántas personas considerás que formaron parte de las FAR en su momento de mayor expansión?”). No obstante, pese a los esfuerzos empeñados, esa primera vía de aproximación resultó mayormente infructuosa. Una alternativa consistió en apelar a las estimaciones obrantes en la bibliografía especializada, en particular al estudio recopilatorio de Morello (2017) referido anteriormente, cuyas cifras revelaron, como indicamos, una marcada generalidad y una oscilación no menos importante. Para nuestra desazón, se constató que como elementos de segundo orden a destacar, los guarismos compendiados no aludían al período 1970-1973 ni referían expresamente a las FAR, al margen de las estimaciones sobre los años 1973-1976 ya citadas.

Al margen de las especulaciones numéricas referidas, para el ejercicio comparativo entre Montoneros y las FAR nos podemos valer de información empírica que, si bien es indirecta, resulta sustancial a la hora de ponderar más certeramente las magnitudes relativas. El primer elemento reside en la cantidad de militantes identificados y los núcleos urbanos iniciales en los cuales se asentaron. Por su parte, Lucas Lanusse (2005) llevó a cabo la investigación más rigurosa sobre los orígenes de Montoneros, ubicó cuatro “centros” geográficos fundadores (Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Reconquista) y registró la identidad de 71 militantes originarios. El autor reconoció que era un listado incompleto y que solo incluía a integrantes que, en su mayoría, formaban parte de la organización desde antes del secuestro y asesinato del teniente general (R.) Pedro Eugenio Aramburu (mayo de 1970), o que ingresaron inmediatamente después de ese suceso. Con un criterio similar, hemos recabado un número de 75 integrantes originarios de las FAR, afincados también en cuatro urbes (Buenos Aires, Córdoba, La Plata y Tucumán), que se sumaron con anterioridad a la operación “Gabriela” (julio de 1970), la toma de la localidad de Garín que, con similitudes al rapto de Aramburu por Montoneros, sirvió para la aparición pública de la organización, y además se unieron a lo largo de aquel año.

En otros trabajos hemos demostrado que la operatoria armada de ambas organizaciones estuvo marcada por la semejanza, tanto cualitativa como cuantitativa, porque Montoneros y las FAR efectuaron un número similar de acciones sin contar las bombas (92 y 86) y una cantidad también equivalente si consideramos solo las de mayor envergadura (52 y 56 respectivamente).[12] Estos elementos abonan la tesis de que las magnitudes relativamente análogas se habrían proyectado más allá de ese momento fundacional, al no haber evidencia de oscilaciones temporales significativas. Asimismo, en términos geográficos las dos formaciones protagonizaron acciones armadas con cierta consistencia (registran más de un hecho y no fueron exclusivamente bombas) en siete localidades (ambas lo hicieron en Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Santa Fe y Tucumán; las FAR exclusivamente en La Plata y Mar del Plata, y Montoneros hizo lo propio en Mendoza y Salta). Por lo expuesto, es plausible determinar que Montoneros y las FAR constituyeron junto al PRT-ERP las “tres principales organizaciones” del período 1970-1973 y, además, se podría estimar que las dos primeras guardaron dimensiones relativamente simétricas a la luz de los indicadores señalados.[13] 

Un último factor para considerar estriba en la cantidad de personas fallecidas, detenidas y desaparecidas, dado que no es posible conjeturar un mayor celo persecutorio hacia una organización armada en particular por parte de las fuerzas de seguridad. Aquí también encontramos valores semejantes aunque, en este caso, con una leve prevalencia de Montoneros. En un listado que confeccionamos en base al relevamiento de la prensa periódica y corroborado a través de publicaciones e investigaciones de militantes, se contabilizaron 480 casos (404 detenidos, 70 fallecidos y 6 desaparecidos) durante el lapso 1970 al 25 de mayo de 1973 con el advenimiento de la democracia. La preeminencia la ocupó el PRT-ERP (por su abrumadora prevalencia armada) con 156 casos (133 detenidos, 22 fallecidos y 1 desaparecido), seguido por Montoneros con 78 (62 detenidos y 16 fallecidos), las FAR con 57 (41 detenidos, 13 fallecidos y 3 desaparecidos), las FAP con 28 (19 detenidos y 8 fallecidos) y las FAL con 24 (23 detenidos y 1 desaparecido).[14]

El “engorde” y las razones de la prevalencia montonera

Por todo lo expuesto es plausible determinar que ambas organizaciones mantuvieron una dimensión similar entre 1970-1972. El líder de Montoneros, tras el fallecimiento de Abal Medina y Sabino Navarro, reafirmó lo dicho en una alocución al sostener que “en el año 1970 todos eran pequeños grupos” y “las FAP tenía algún desarrollo mayor por ser más antigua”. Según Firmenich, “en el 71 [la cuestión] sigue igual” y recién en “el 73 es lo que redefine las cosas”, bajo la hegemonía de Montoneros se da la “reunificación del espacio peronista, ante el descalabro de las FAP”, y el PRT-ERP hizo lo propio con el espacio no peronista.[15] En consonancia con estas declaraciones y nuestras propias pesquisas, el “desequilibrio” en favor de Montoneros debería situarse concretamente entre fines de 1972 y principios de 1973, al calor de lo que en la jerga partidaria se conocía como “engorde”. En esa coyuntura, la organización de origen católico habría contado con mayor ductilidad que las FAR en ese peculiar contexto. Las estructuras de ambas fueron muy reducidas y se mantuvieron fuertemente “cerradas” en función de los imperativos de seguridad, al menos hasta 1971 cuando pusieron en marcha las UBR y los CdA como una forma de irradiar su influencia y, al mismo tiempo, nutrirse selectivamente de nuevos combatientes. No obstante, el ocaso dictatorial, enlazado con la campaña del “Luche y vuelve” y el tránsito hacia la contienda electoral, dieron lugar a una instancia que habilitó exponencialmente la proliferación de simpatizantes hacia el eje FAR-Montoneros.

Si bien hemos rastreado en algunas entrevistas que la mayor sofisticación de las argumentaciones vertidas en los documentos públicos emitidos por la primera organización fue un elemento de consideración a la hora de decidir su integración, consideramos que la imagen “más peronista” que plasmó Montoneros, a través del asesinato de Aramburu y mediante su táctica discursiva mimética —analizada en Custer (2023)—, fue un potente atractivo en tiempos de acelerada “peronización”, particularmente en sectores medios y estudiantiles. En ese aspecto, Beatriz Sarlo (2003) ha destacado que el suceso de Aramburu tuvo la potencia de convertirse, a diferencia de todos los otros hechos armados, en una marca identitaria montonera que con el correr del tiempo pasó a expresarse en las marchas al grito de: “Duro, duro, duro, estos son los Montoneros que mataron a Aramburu”. En ese sentido se puede interpretar una frase atribuida a Carlos Hobert, otro de los dirigentes de Montoneros, quien habría alegado que: “después de la operación de Aramburu podríamos habernos quedado en casa, sin hacer una operación más, que todo hubiese sido igual”. Con esa frase manifestó la repercusión que lograron en favor de la organización después de ese hecho (citado en Custer, 2023, pp. 158-160).

Se puede estimar que, para esa periferia de las organizaciones armadas, en creciente expansión en el tránsito entre 1972 y 1973, la imagen montonera fue más atrayente en desmedro de las FAR. Sin embargo, esa mera simpatía no garantizaba la posibilidad de concretar el “enganche” con la “orga” predilecta, porque para eso debía mediar un contacto efectivo. En este aspecto, Montoneros en particular mostró una mayor ductilidad para capitalizar la preferencia evidenciada en la “base” y alcanzar un mayor crecimiento que su contraparte de las FAR. En ese proceso cumplió un rol destacado el “Loco” Galimberti, quien ungido por Perón y ligado a Montoneros, se erigió como líder de la JP hasta su defenestración y, desde esa posición, operó en favor de su organización “en las sombras”. Según manifestó uno de los integrantes de la JP, un tanto socarronamente, en ese contexto de “jotapeísmo”, sobre todo en el interior del país, “el loco los bautizaba y los ‘montos’ le daban la comunión”.[16] No obstante, la capilaridad de Montoneros trascendió obviamente la labor del excéntrico y carismático Galimberti.

Un caso paradigmático que ilustra lo referido previamente aconteció en La Plata, cuarta urbe del país según el censo poblacional de 1970.[17] Las FAR tuvieron uno de sus núcleos originarios allí y, luego de incorporar a un sector escindido de la Guerrilla del Ejército Libertador (GEL), lograron consolidar su grupo platense. En la ciudad hemos identificado 22 acciones armadas efectuadas por esa agrupación que, como destacamos, estableció una de sus primeras ligazones orgánicas conocidas de “superficie” con el Frente de Agrupaciones Eva Perón (FAEP) a nivel universitario (Amato y Boyanovsky Bazán, 2008; González Canosa y Pis Diez, 2022).

En cambio, Montoneros no tuvo ninguna presencia, ni “política” ni armada, en la capital bonaerense hasta diciembre de 1972. Recién en esa fecha consiguió una vinculación orgánica —con la Federación Universitaria de la Revolución Nacional (FURN)— y envió una conducción montonera que logró “hacer pie” en la esquiva la ciudad, integrada por: Norberto Habegger, Rodolfo «Tojo» Ojea Quintana, Sebastián Soler, Juan Carlos «Hippie» Alsogaray y Carlos Puccio. Como nos manifestó el encargado de propiciar las negociaciones, los contactos con las FAR se mantuvieron en forma directa con su conducción local durante 1972, mientras que los relativos a Montoneros fueron intermitentes y a través de intermediarios. Sin embargo, la preferencia hacia esta última, ubicó repentinamente a la agrupación estudiantil bajo su órbita.[18] Esta alianza fue fundamental para explicar el “desbalance” de fuerzas entre ambas organizaciones armadas en La Plata, no solo porque al momento de la ruptura entre la FURN y la FAEP la primera siguió siendo más numerosa,[19] sino que también articuló la militancia estudiantil con el trabajo político y territorial de la JP platense. Por el contrario, FAEP a pesar de tener un énfasis barrial desde su origen (de allí que su nombre ‘Frente de Agrupaciones Eva Perón’ no remitiese a lo estudiantil), no pudo igualar nunca la dimensión de lo desarrollado por una JP local más enraizada y estructurada orgánicamente con las FURN.

En otras localidades, como Mar del Plata y Neuquén, también hemos rastreado fenómenos análogos y, a pesar de que “llegaron” primero, las FAR se vieron desafiadas por el “aluvión” montonero de 1973. En la localidad balnearia la ligazón orgánica del grupo local con las FAR se estableció a instancias de Miguel Ángel Zavala Rodríguez, quien les habría ofrecido a los militantes marplatenses iniciar contacto con las FAR o con Montoneros. La primera entidad, por medio de Marcelo Kurlat, fue la que decidió brindarles la formación militar y esto sirvió para estrechar lazos y asentar a la organización en la ciudad.[20] Al igual que en La Plata, Montoneros no tuvo presencia  político-militar en la zona y su articulación —tanto armada como no armada— en el territorio recién afloró con mayor potencia en 1973, luego de integrar previamente a militantes que habían participado anteriormente en el Movimiento de Bases Peronistas de la urbe marplatense (Bartolucci, 2017; Ladeuix, 2023).  

La ausencia de experiencia militar del lado montonero fue una cuestión ríspida en miras a concretizar la fusión, tal como han señalado en alguna oportunidad durante las entrevistas.[21] En el caso neuquino, el “arribo” inicial de las FAR y el “aluvión” montonero posterior operó de otro modo. El “desbalance” o, en todo caso el equilibrio de fuerzas entre ambas formaciones, se dio por medio de una compensación regional. Si bien a partir de 1973 Montoneros también logró establecerse mediante una militancia de “base” en una Neuquén donde las FAR ya habían efectuado su bautismo de fuego y ramificado su presencia barrial, su irrupción en la región se produjo, fundamentalmente en la vecina Cipolletti a fines de 1972, a través de un activismo que se propagó rápidamente. Como manifestó un entrevistado a modo de síntesis, “si Neuquén era de las FAR, Río Negro era de Montoneros”,[22] afirmación que rubricó la minuciosa indagación realizada por Pedro Pérez Pertino (2017). En la ciudad patagónica ¿Cuál de ellas?, al igual que en Mar del Plata, Mendoza y otros puntos del país, la presencia pionera de una “orga”, aunque incipiente y por contactos del Peronismo de Base, corrió por cuenta de las FAP pero, ante la crisis interna desatada en 1971 y el “desenganche” de activistas, terminaron “abonando” un terreno fértil para que las FAR y Montoneros capten esas voluntades militantes “en disponibilidad” al poco tiempo, con miras a sus proyectos revolucionarios.

Una cuarta ciudad donde se observa una situación análoga a la acontecida en las poblaciones balnearia y patagónica mencionadas anteriormente fue Santiago del Estero. Si tenemos en cuenta que allí fue el lugar originario del Frente Revolucionario Indoamericanista (FRIP), la influencia del PRT-ERP fue particularmente gravitante.[23] No obstante, el peronismo radicalizado tuvo sus adherentes en el espacio local. El grupo “Kanchaj” fue el primero en organizarse en favor de la lucha armada y decidió integrarse a las FAR en 1972, después de una breve vinculación con el GEL y que la instancia de coordinación brindada por las Organizaciones Armadas Peronistas (OAP) se desarticulara ante el desmembramiento de aquellas.[24] Uno de sus referentes, Manuel Pilán (2014), rememoró, con un dejo de amargura, el no reconocimiento, al momento de la fusión con Montoneros, de que “en Santiago hubo desde siempre una sola organización, las FAR” (pp. 37-43, 53-54). No cabría conjeturar que lo acontecido en estas localidades es extensible al resto del país si se presupone una prevalencia de las FAR que, seguramente, fue contrarrestada en otras ciudades. Estos cuatro casos “testigos” permiten entrever que las primeras estuvieron lejos de estar rezagadas desde un principio respecto a Montoneros, en términos de extensión organizativa. Más bien, confirman nuestra hipótesis: lo que efectivamente se produjo fue un “desbalance” de fuerzas en favor de la última en la coyuntura específica del ocaso de la “Revolución Argentina”.

Una de las razones que pueden explicar ese “aluvión” hacia Montoneros, en detrimento de un crecimiento mayor en términos relativos respecto de las FAR, se puede encontrar en la mayor selectividad de esta última a la hora de buscar “encuadrar” nuevos integrantes. En el momento en cual el “jotapeísmo” empezaba a aflorar en su máxima dimensión, la organización manifestó que los imperativos de la hora demandaban intensificar la vinculación con el “movimiento de masas”, pero también señaló que se planteaba un problema fundamental, precisamente, en “los bordes de la organización”. En ese aspecto, la principal preocupación era evitar “diluirse en el conjunto del movimiento”, propio de una posición “oportunista de derecha”, sin caer en una “desviación ideologista de izquierda” en el sentido de “sumergirse en las bases”, ambas peligrosas porque acarreaban el riesgo de “desviarse de las tareas fundamentales de la organización armada”. Para ello, FAR consideró necesario volver a subrayar las tres condiciones sine que non que los militantes debían cumplir para ser considerados miembros plenos y que remitían a una práctica directa o indirecta ligada a lo armado: subordinarse a la dirección a través de canales orgánicos y asumir tanto el método de funcionamiento clandestino como la línea política de la organización.[25] 

Lo cierto es que este mayor celo selectivo que existía en el caso de las FAR, al parecer se fue relajando en función de la competencia que afloró con Montoneros, tal como indican numerosos testimonios[26] y también Julieta Bartoletti (2011). Este fenómeno se acentuó pronunciadamente frente a la inminencia de una fusión que se encaminaba de modo inexorable y que, en virtud de capturar mayores voluntades, sería un elemento de negociación de mejores condiciones y de jerarquías en provecho propio a la hora de conformar la futura organización. La respuesta de un —hasta ese momento— referente político misionero ante la propuesta de un militante “farol” de pasar a integrar la organización de su pertenencia, ilustra muy gráficamente la “carrera” entre ambas estructuras por anticiparse a la otra: “Miren, si hubieran llegado unos días antes, habrían tenido suerte. Pero resulta que, hace 2 o 3 días, los compañeros que podrían estar interesados en su propuesta ya ‘firmaron contrato’ con los ‘montos’”.[27]

Consideraciones finales

Este trabajo tuvo una motivación comparativa al tomar como objeto de estudio a dos organizaciones, Montoneros y las FAR, que terminaron fusionándose en una sola, proceso que aún no se había indagado. Con ese propósito en miras, encaramos la tarea de ponderar tanto las estructuras como las dimensiones previas a la unificación de cada una de ellas. Respecto al primer aspecto, la notable semejanza en modelos organizativos y en pautas de funcionamiento operativo, facilitó el proceso de confluencia. La configuración celular, la compartimentación de los “ámbitos”, la disposición a vincularse con el activismo de “base” por medio de organismos intermedios similares (las UBR y los CdA), así como la configuración de una lábil coordinación federal que tendió a la centralización, favorecieron la integración mutua.  

En cuanto a la estimación del caudal relativo de militantes, los tres indicadores propuestos, si bien son indirectos, tienen la virtud de asentarse en un basamento empírico; por esa razón, los consideramos más pertinentes que recurrir a estimaciones formuladas sin ningún criterio claro. Los indicadores fueron: 1. Cantidad de militantes fundadores identificados y núcleos urbanos iniciales en los cuales se asentaron; 2. Acción armada desplegada, tanto en términos cuantitativos y cualitativos como en su extensión geográfica; 3. Número de personas detenidas, fallecidas y desaparecidas. Los tres factores operaron en forma congruente y señalan no solo que las FAR y Montoneros constituyeron junto al PRT-ERP las tres formaciones armadas principales (con una marcada preeminencia de esta última), sino también una acentuada simetría entre las dos primeras. Por esa razón, no tenemos ningún elemento que nos permita sostener que entre Montoneros y las FAR existió un desequilibrio de fuerzas muy significativo, al menos durante el período 1970-1972. De hecho, se ha corroborado en cuatro casos (La Plata, Mar del Plata, Neuquén y Santiago del Estero) que, sin pretensión de representatividad ni de alcance nacional, el asentamiento de las FAR en dichas localidades precedió al de Montoneros, que ni siquiera había logrado establecerse hasta fines de 1972 y principios de 1973 en algunos casos. Esto permite ubicar el momento de “desbalance” en favor de la primera en esa crítica coyuntura, que en la jerga militante se conoció como “engorde”, un término peyorativo que en cierto modo señalaba la poca calidad del “material” incorporado, en función de las condiciones y exigencias demandadas por la actividad político-militar. La visión de una Montoneros omnímoda o la ausencia de problematización respecto de la prevalencia de dicha organización, es una cuestión aún no explorada, que por medio de la presente contribución aspiramos a empezar a dilucidar, habida cuenta de la ausencia de trabajos, tanto regionales como globales, dedicados a esta temática y sustentados en criterios empíricamente fundados y explicitados.

A la luz de lo expuesto es factible conjeturar que, para fines de 1973, luego de consumada la fusión, Montoneros contaba con 2.000 combatientes (sumados los 600- 700 incorporados de las FAR), al margen de los miles de activistas reunidos en torno a sus “Frentes de masas”, número que superaba levemente los 1.500 que Pablo Pozzi (2001, p. 81) estimó para el PRT-ERP. En ese sentido, y en consonancia con lo planteado, la prevalencia de las fuerzas montoneras por sobre las de las FAR podría responder a tres razones que se conjugaron, a nuestro entender, para promover ese resultado antes de consumarse la unificación. Primero, el carácter “más peronista” de Montoneros en cuanto a la imagen social proyectada, que operó dotándola de un atractivo diferencial, tema que se desarrolló in extenso en otro artículo (Custer, 2023). Segundo, las FAR habrían evidenciado un criterio de mayor selectividad que Montoneros, medida que, no obstante, fue cediendo frente a la competencia desatada entre ambas estructuras por irradiar su influencia sobre un activismo de “base”, que buscaba ligarse de manera creciente con las organizaciones armadas. Tercero, la ductilidad evidenciada por Montoneros o su presencia más expandida a la hora de favorecer su crecimiento organizativo que, lejos de materializarse en su aparato armado, se asentó en esa periferia política en vertiginosa expansión. Estos factores, a corroborar de manera definitiva por ulteriores pesquisas, podrían explicar el hecho de que, pese a no existir una asimetría de fuerzas entre ambas formaciones en el período 1970-1972, el año 1973 supuso el quiebre definitivo en favor de Montoneros. Esto dio lugar a una unificación que corrió por la senda de una “fusión asimétrica”, que se evidenció tanto en la imposición del nombre escogido para la nueva organización (‘Montoneros’) como en la supremacía de los “cuadros” de aquella procedencia en la estructura de conducción resultante.

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Notas

[1] Una versión previa de este trabajo se presentó en las XII Jornadas de Trabajo sobre Historia Reciente, realizadas en la Universidad Nacional de La Plata, los días 24 a 26 de septiembre de 2025.

[2] En la gradación jerárquica de las organizaciones armadas, un “oficial” era un militante plenamente integrado en la organización político-militar, un “cuadro” que estaba “encuadrado” en el “aparato” clandestino. Mientras que un aspirante era alguien que estaba “encuadrado” en la organización de modo clandestino, pero, al mismo tiempo, podía desempeñar tareas en espacios propios del activismo legal, es decir, en la “superficie”, tal como se expresaba en la jerga militante. Por su parte, los activistas desarrollaban su accionar en este último ámbito y, en función de asentarse en el “territorio” y por su posición jerárquica, se los consideraba “de base”.

[3] “Orga” remite a organización armada en la jerga partidaria.

[4] Galimberti, Rodolfo (julio de 1972). Convocatoria a la unidad de la Juventud Peronista de la República Argentina. Caja 18, Fondo Lafforgue. Archivo Nacional de la Memoria, Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), Argentina; Perdía (2013, pp. 182-184).

[5] La “compartimentación” hundía sus raíces en la experiencia del Partido Socialdemócrata Ruso a fines del siglo XIX y principios del XX que, al enfrentar las condiciones represivas de un régimen autocrático, debió operar de modo clandestino y dejar a resguardo la identidad de sus integrantes. Además, impuso el uso de seudónimos, práctica de larga data en las experiencias revolucionarias. Estos mecanismos, propios de la clandestinidad, se extendieron a la experiencia comunista en las décadas de 1920 y 1930 (Duverger, 1957), y fueron adoptados por diversas experiencias armadas tanto a nivel latinoamericano como mundial, en función del celo persecutorio desplegado por las fuerzas de seguridad y los contextos dictatoriales que enfrentaron.

[6] 13 preguntas a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) (10-16 noviembre de 1971). Nuevo Hombre, (17), pp. 4-5. https://cedinpe.unsam.edu.ar/content/13-preguntas-las-far.

[7] Ver el “Curso de formación de cuadros del Partido Montonero ‘Comandante Julio Roqué’” elaborado en 1977. Este texto se publicó en 2008 en la revista Lucha Armada en la Argentina, (10), 116-144. https://americalee2.cedinci.org/wp-content/uploads/2019/03/LUCHA-ARMADA-10.pdf. 

[8] FAR. Informe de la reunión nacional de mandos (1970), p. 1. Mesa DS, Carpeta Bélico, Legajo 320, Tomo III. Fondo Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (DIPPBA). Archivo de la Comisión Provincial de la Memoria, La Plata, Argentina.

[9] En realidad, Sabino Navarro era oriundo de la provincia de Corrientes, pero, al radicarse en Buenos Aires desde la adolescencia, desplegó su actividad sindical y política en esta ciudad y conformó uno de los dos núcleos fundadores de Montoneros. Algo similar sucedió en las FAR, los porteños (Quieto, Arturo Lewinger y Juan Pablo Maestre) y los dirigentes nacidos en otros lugares pero que desarrollaron su vida política activa (Olmedo) o en el seno de la “orga” (Marcos Osatinsky) en Capital Federal, se desempeñaron como los máximos “cuadros” de la conducción.

[10] Entrevista a Roberto Perdía, exintegrante de la CN de Montoneros, realizada por el autor el 19 de mayo de 2018 en Villa Elisa, Buenos Aires, Argentina.

[11] Si bien excede los marcos de este trabajo, vale mencionar que el proceso de concentración de la autoridad se potenció con posterioridad mediante sucesivas reformas organizativas. Algunos ejemplos de ello fueron la formación de instancias ejecutivas en el seno de las conducciones, la creación del Área Federal (instancia específica funcional a nivel nacional), la adopción formal del “centralismo democrático” y la postergación indefinida del primer Congreso del Partido Montonero. Al respecto, se puede consultar el documento partidario citado en nota a pie 7.

[12] Para la contabilización se realizó un procesamiento de datos en el cual se utilizaron cuatro fuentes distintas que permitieron recabar la información suministrada por diversos tipos de enunciadores: el Fondo de la ex DIPPBA, el diario Crónica, las publicaciones Cristianismo y Revolución, y Estrella Roja. Para un registro más exhaustivo de las acciones de menor envergadura es necesario, además, contar con documentación de las propias organizaciones, tal como se demostró para el caso de las FAR (Custer, 2020).

[13] Sin lugar a duda, el PRT-ERP ocupó un lugar de preeminencia, al registrar 536 acciones sin contar las bombas, 192 de envergadura mayor y operar en 12 núcleos urbanos con cierta consistencia. Detrás del segundo peldaño ocupado por Montoneros y las FAR, se ubicaron las FAL (77, 51 y 3 ciudades, respectivamente) y las FAP (29, 18 y 3 urbes, respectivamente). Hay que destacar que la más cercana a Montoneros y a las FAR en términos estadísticos fueron las FAL como se ha referido, fue en realidad, una coordinación de columnas independientes que confluyeron operativamente en un marco acotado de tiempo.

[14] Otras organizaciones menores registraron 28 casos (24 detenidos, 3 muertos y 1 desaparecido), mientras que en 110 ocasiones (102 detenidos y 8 muertos) no se ha podido identificar la pertenencia organizativa del militante en cuestión. La utilización de la prensa (principalmente Crónica y Clarín) como fuente de información primaria, aunque corroborada por otros insumos (publicaciones militantes, como Cristianismo y Revolución, y Nuevo Hombre), se priorizó porque permite establecer la membresía al momento de la detención de la persona. Además de las revistas mencionadas, para una segunda confirmación de la pertenencia de los militantes se recurrió a entrevistas, bibliografía y también fueron fundamentales las bases interactivas puestas a punto por Roberto Baschetti (https://robertobaschetti.com/) y Daniel De Santis (2010).

[15] Entrevista a Mario Eduardo Firmenich, exintegrante de la CN y máximo dirigente de Montoneros, realizada por Santiago Villalba, Jorge Zappino y Luciano Figallo el 28 de febrero de 1992 en CABA.

[16] Testimonio de Andrés R. Castillo, citado en Oscar Anzorena (1989, pp. 152-153).

[17] Instituto Nacional de Estadísticas y Censos —INDEC—. Censo Nacional de población, familias y viviendas de 1970. Compendio de sus resultados provisionales, p. 22. https://www.indec.gob.ar/indec/web/Nivel4-Tema-2-41-170.

[18] Entrevista a Carlos Kunkel, exmilitante de la FURN y de Montoneros, realizada por el autor el 28 de enero de 2020 en la ciudad de Quilmes, Buenos Aires, Argentina.

[19] El FAEP se conformó en abril de 1971, fruto de una escisión en la FURN, única expresión estudiantil peronista actuante en la Universidad Nacional de La Plata entre 1966-1971. La ruptura se produjo por el posicionamiento en favor de la lucha armada del primero y su estrecha ligazón con las FAR, en un momento en el cual la apertura electoral pasó a ser una posibilidad ante el auspicio de una “salida institucional” por parte de la dictadura militar (Amato y Boyanovsky Bazán, 2008; González Canosa y Pis Diez, 2022). Ambas estructuras, una vez encaminada la fusión entre FAR y Montoneros, volverían a reunirse para dar nacimiento a la Juventud Universitaria Peronista-La Plata, en agosto de 1973.

[20] Entrevista a Isabel Eckerl, exmilitante de las FAR, de Montoneros y de la Agrupación Evita, realizada por el autor el 24 de mayo de 2017 en la ciudad de Avellaneda, Buenos Aires, Argentina.

[21] Entrevista a Ángela Riggón, exmilitante de las FAR y de Montoneros, realizada por el autor el 9 de septiembre de 2011 en CABA; y entrevista a Eckerl (2017).

[22] Entrevista a Abel Demicheli, exmilitante de las FAR, de Montoneros y de la Juventud Universitaria Peronista, realizada por el autor el 15 de marzo de 2019 en Neuquén, Argentina.

[23] El FRIP se conformó en 1961 en la ciudad de Santiago del Estero. En 1965 el FRIP se unificó con el grupo trotskista Palabra Obrera para dar nacimiento al PRT. En 1968 se produjo la ruptura entre el PRT-La Verdad y el PRT-El Combatiente. Este último, liderado por Mario Roberto Santucho, impulsó decididamente la lucha armada a partir del V Congreso, que en 1970 decidió la creación del ERP y su puesta inmediata en funcionamiento (Pozzi, 2001).

[24] Las OAP se conformaron con las FAP, FAR y Montoneros en septiembre de 1971, y se mantuvieron vigentes hasta abril de 1972; antes de su disolución y por un breve lapso integraron también la organización Descamisados, con lo cual se conoció coloquialmente como la “cuatripartita”.

[25] FAR. Documento de actualización política (septiembre de 1972), p. 13. Mesa DS, Carpeta Bélico, Legajo 641. Fondo DIPPBA.

[26] Entrevista a Mercedes de Pino, exmilitante de las FAR y de Montoneros, realizada por el autor el 11 de marzo de 2017 en CABA. Véase también: Perdía (1997, 2013); Anguita y Caparrós (1998); Chaves y Lewinger (1998); Flaskamp (2002).

[27] Testimonio de Juan Carlos Berent, citado en Fernández Long et al., (2019, p. 141). Los términos “farol” y “monto” remitían a militantes de las FAR y de Montoneros respectivamente en la jerga partidaria.