Quinto Sol, vol. 30, n.º 3, septiembre-diciembre 2026, ISSN 1851-2879, pp. 1-5

http://dx.doi.org/10.19137/4hpf4130


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RESEÑAS

María Bjerg e Inés Pérez (Comps.), Abuelas. Historias íntimas de seis mujeres en la Argentina del siglo XX. El Ateneo, 2026, 176 páginas

Beatriz Bragoni

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas

Universidad Nacional de Cuyo, Facultad de Derecho

Argentina

Correo electrónico: bbragoni@mendoza-conicet.gob.ar

ORCID: https://orcid.org/0000-0002-4431-8788

Abuelas exhibe un caleidoscopio de experiencias femeninas del siglo XX argentino. Sus compiladoras se propusieron poner en escena vidas de mujeres corrientes y, a la vez próximas, con el fin de entrelazar derroteros comunes y distintos de familias de clases populares y clases medias, en medio de los cambios operados en la economía, la política y la cultura. El horizonte de interrogación incluye problemas medulares de la historiografía contemporánea: el impacto de la inmigración ultramarina y la diversificación social en áreas pampeanas, el proceso de urbanización e interconexión de pueblos rurales a través del ferrocarril, la irrupción de los partidos de masas y de sus líderes que entablaron un nuevo lazo con el pueblo, la inserción en el mercado de trabajo formal e informal, la emigración como estrategia de subsistencia y crianza de la prole, el papel de la alfabetización en las prácticas de lectura rurales y urbanas, el peso relativo del modelo de familia nuclear, el entramado de relaciones de parentesco y de amistad en la organización doméstica y comunitaria, la incidencia de la ampliación de la oferta universitaria como resorte de movilidades intrafamiliares, las decisiones para romper el contrato matrimonial o fundar familias en contra de la moral familiar o social; y aristas de subjetividades femeninas ligadas a sociabilidades trashumantes entre las grandes metrópolis culturales y centros urbanos periféricos, o por la  espiral de violencia que volcó a las mujeres al espacio público en reclamo por la vida de sus hijos detenidos, secuestrados o desaparecidos por la maquinaria represiva estatal antes y después del golpe militar de 1976.  

Las compiladoras, María Bjerg e Inés Pérez, precisan en la introducción la insatisfacción de narrativas capaces de interpelar esa abigarrada experiencia, por lo tanto, resolvieron convocar a un elenco de colegas dispuestas a narrar las vidas de sus abuelas, con el propósito de conectarlas con el microcosmos familiar y las sociedades en movimiento de las que fueron artífices y testigos. Lo hicieron a través del repertorio de estrategias de investigación de las disciplinas que cultivan y provistas de los recaudos necesarios para escrutar evidencias esquivas, por la naturaleza fragmentaria y selectiva de memorias y archivos disponibles. Con esas destrezas intelectuales, asumieron el desafío de sumergirse en sus propios recuerdos, interpretar fotografías, realizar entrevistas a parientes o amigas y recolectar materiales documentales en el ambiente familiar o en repositorios públicos parcos e incompletos, a los efectos de ofrecer una mirada general e íntima, a la vez, de la manera en que sus abuelas tramitaron su propio pasaje en la Argentina del siglo XX.  

Los seis capítulos que integran el libro aparecen encabezados con sus nombres propios, sin apellidos, y con fotografías guardadas en cajas sin clasificaciones previas, sujetas al registro de lectura escogido por sus autoras, según el propio recuerdo, la documentación disponible y el adecuado conocimiento del contexto en el cual fueron capturadas. A su vez, cada historia o biografía bascula entre la reposición del trayecto familiar e individual, o se organiza en torno a decisiones o conductas de las que no fueron testigos, aunque permanecían alojadas en la memoria familiar como marcas de identidad de sus abuelas. Se trata de una estrategia narrativa que de ningún modo es ocasional o emocional, en cuanto abreva en las convenciones de la “ego-historia”, formalizadas por Pierre Nora y Enzo Traverso, quienes subrayaron la pertinencia del registro autobiográfico como enfoque apropiado de las formas de hacer historia que ganó terreno con la crisis de modelos macro explicativos, los usos de la biografía, las historias de los sectores subalternos, los estudios de género, la explosión memorial y el triunfo del testigo frente al testimonio. Con ese bagaje a cuestas, las historiadoras ofrecen biografías reveladoras de gente corriente, sin estatus ni marcas de distinción evidentes, que componen de manera eficaz retazos narrativos comunes o contrapuestos, con capacidad de interpelar tanto a lectores expertos como al gran público.

El libro destaca la secuencia cronológica de los cambios operados en las condiciones de vida de familias de clases populares y medias, en ambientes rurales y urbanos de la región pampeana, el litoral y pueblos de Santiago del Estero hoy desmantelados. En ese escenario, las abuelas aparecen como piezas de un tablero en el que opera el horizonte de prosperidad y el carácter igualitario de la sociedad móvil, tematizada por Juan Carlos Torre, sin perder de vista la profundización de las desigualdades regionales, las experiencias de clase y las diferencias de género. Allí la educación pública no solo constituye una herramienta capital de integración social y de argentinización de los hijos e hijas de familias nativas o extranjeras: el paso por la escuela, aun sin haber completado el nivel inicial, resultó satisfactorio para adquirir hábitos de lectura que se actualizaban mediante el acceso a revistas periódicas porque los libros no estaban a su alcance. Incluso así, resultaban eficaces para mejorar saberes culinarios heredados, cuidar la huerta y elaborar pan o conservas que vendían en el pueblo. Esa es la historia de Celia Villanueva, la abuela materna de Mirta Lobato, quien recurrió a esas labores como estrategia complementaria para sostener el hogar y ayudar a que su ingente prole (siete hijos) completara el ciclo escolar, ensayara oficios o profesiones en pueblos próximos al rancho natal, o emprendiera el camino de la emigración a la gran ciudad. Como otras mujeres pobres rurales, su mundo doméstico se conectaba con la sociabilidad pueblerina compuesta de festividades religiosas, carnavales, visitas a parientes o vecinas que resultaba simultánea a la “unión femenina entre iguales” de la comunidad ferroviaria a la cual pertenecía su esposo, sin hacer explícita ninguna simpatía política.    

En cambio, la vida de María Antonia, narrada por María Bjerg, permite apreciar trayectos rurales diferentes: la de familias oriundas de inmigrantes daneses radicadas en pueblos de la provincia de Buenos Aires que eran contratadas para gestionar patrimonios rurales. Su singularidad reside en que destaca el tipo de relación horizontal que la pareja de empleados mantuvo con sus primeros patrones, aspecto que quedó capturado, incluso, en fotografías compartidas; a diferencia de la posterior demarcación social experimentada con los segundos patrones, quienes visitaban la estancia en el verano, sometiéndola a servicios que le resultaban inaceptables. Antonia se hizo eco de la diferenciación radical entre las clases altas terratenientes y los de abajo al promediar el siglo XX, mediante el léxico propio del peronismo, los “ricos” o la “rica”, sin que su uso implicara algún tipo de adhesión al campeón de los derechos sociales y promotor del estatuto del peón. En su lugar, y a diferencia de la devoción de su madre a Juan Perón y Eva Duarte, inclinó la suya al líder popular que lo había precedido, Hipólito Yrigoyen, como demostración no solamente de preferencias políticas contrapuestas entre madre e hija, sino también por el rechazo a las prácticas y los rituales públicos del régimen, convirtiéndose en fiel exponente de las multitudes populares antiperonistas.  

Las condiciones de subsistencia y del trabajo doméstico en mujeres jóvenes con hijos a cuestas, han constituido un renglón importante de la historiografía social reciente y ponen de relieve la distancia entre el modelo de maternidad y de familia consagrada a mediados del siglo XX. En torno a esa temática, Cecilia Allemandi repone “dos vidas entrelazadas”: la de su abuela materna Ana María, a quien grabó cuando padecía dolencias que perturbaban su propia memoria, aunque la asaltaban recuerdos fijos de su madre Ana Silva, como acto de reivindicación de su desoladora trayectoria. Había nacido en Concordia para ser criada por parientes según decisión de su padre; al quedar embarazada, emigró a Buenos Aires. Allí sirvió a varias familias a cambio de vivienda y veinte pesos mensuales, que servían para pagar la escuela de monjas donde su hija recibía educación mientras concertaba arreglos de crianza con amigas y parientes entrerrianos, para evitar que fuera acosada en las casas donde servía y replicara su oficio. La eficaz estrategia materna quedó verificada cuando juntas accedieron a su primera vivienda, como resultado de los ingresos aportados por la hija como empleada del sector textil, y Ana Silva jerarquizó su propio trabajo mediante el servicio doméstico con retiro.  

El aprendizaje de oficios en instituciones públicas sobresale como canal de acceso al mercado de trabajo fabril en los alrededores de Buenos Aires, facilitado además por vínculos étnicos y comunitarios que abrían el juego a la concertación de parejas afines o refractarias de la moral familiar y social. Así lo ilustra la experiencia juvenil de María Luisa, una hija de inmigrantes judíos que conformaban la nutrida colectividad radicada en Lomas de Zamora. Su historia, contada por Débora Garazi, resulta esclarecedora en tanto demuestra la consistencia de la familia nuclear como modelo de organización doméstica, y el papel de autonomía o decisiones personales a la hora de fundar la propia con un hombre casado que mantuvo dos hogares paralelos hasta quedar viudo treinta años después. En ese lapso, la convivencia afectiva dejó como saldo la exclusión o censura de su familia de origen, residencias itinerantes en provincias del interior, tres hijos que esquivaron ser estigmatizados con la categoría de “ilegítimos” por la ley de 1954, empleos fugaces y la radicación definitiva en Mar del Plata bajo condiciones de vida poco confortables. A juicio de su nieta, la vida de su abuela exhibe ambivalencias que anudan una especie de “desclasamiento”, junto a la cohesión conyugal y la recomposición de lazos afectivos con su familia de origen. Vista en perspectiva, la firmeza del lazo amoroso de María Luisa con su marido contrasta con las opciones y expectativas de la abuela de Inés Pérez, la glamorosa Nicou, una hija de familias de clases medias bonaerenses radicada en Mar del Plata. La epidemia de polio marcó su infancia, a diferencia de su hermana Jolie. Empero, el tenaz cuidado de su madre atemperó la renguera que disimuló toda su vida, sin convertirse en obstáculo para concertar un buen matrimonio que aseguró el bienestar familiar y le facilitó acceder al título de abogada, que solo puso en práctica cuando ya estaba divorciada, sin romper del todo el vínculo con el esposo, quien incluso previó sepulturas compartidas. En el medio, fluyeron infidelidades mutuas y consentidas, la sociabilidad bohemia local que la distinguió entre sus pares y la atracción ejercida por la gran metrópoli cultural, que permiten contextualizar e interpretar, a juicio de su nieta, el “sentido histórico del matrimonio y el divorcio vincular, y su transformación de significado en el ciclo de vida de una mujer”.  

Las vidas desiguales de María Luisa y Nicou ponen de relieve los desafíos a mandatos sociales y morales que trastocaban el modelo familiar clásico, difundido desde las instituciones rectoras, como el Estado o la Iglesia católica, y replicado con matices por el reguero de revistas femeninas que vigorizaban el mercado editorial y por el cine nacional, español y norteamericano que entretenían a miles de familias argentinas. Se trata especialmente de trayectorias de hijas, esposas y madres de clases medias urbanas, que permiten establecer analogías y contrapuntos con el retrato que Cecilia Belej ofrece de su abuela Elba Ramona Casañas, quien nació y murió en Concordia. En su larga trayectoria (vivió 95 años), Elba cumplió con los requisitos del modelo familiar esperado: fue alumna ejemplar, aunque no completó la secundaria porque prefirió aprender corte y confección, para luego capacitarse en servicios de correo y telecomunicaciones; ahí conoció a quien sería su marido, de cuya unión nacieron dos hijos y una pequeña empresa de transportes. Sin embargo, el bienio trágico de 1975/76 cambió su vida para siempre, a raíz de la detención de su hijo (un estudiante de química y militante de izquierda en el Partido Revolucionario de los Trabajadores en Santa Fe), y la muerte súbita del padre. A partir de entonces, Elba concilió dos mundos: el doméstico y el de la empresa familiar, con el de la militancia en organizaciones de derechos humanos en su Concordia natal, convirtiéndose en pieza angular de la red de organismos que cumplieron un rol protagónico durante los años de plomo y la transición democrática.      

De tal modo, y como destacan Bjerg y Pérez en el epílogo, las historias mínimas de las seis abuelas permiten identificar modelajes múltiples de vidas de mujeres y de familias que, por ser corrientes, reponen las intersecciones entre lo individual y lo social, la eficacia de la ego-historia para hilvanar recuerdos y testimonios sobre tramos específicos y procesos históricos generales, y la refrescante revitalización de la narrativa para cruzar el umbral de la academia y capturar la atención de tribus de lectores inquietos por conocer pliegues secretos, invisibles y conmovedores del pasado.