Quinto Sol, vol. 30, n.º 1, enero-abril 2026, ISSN 1851-2879, pp. 1-5
http://dx.doi.org/10.19137/qs.v30i1.9178

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Reseñas
Rodolfo Leyes. La fragua y el surco. Clase obrera y lucha de clases en Entre Ríos, de Urquiza a Perón, 1854-1943. Ediciones RyR, 2024, 480 páginas
Carlos Álvarez
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
Universidad Nacional de Rosario
Argentina
Correo electrónico: carlosmdp25_@hotmail.com
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-6589-8128
Un tópico frecuente que suele invadir los pasillos de las jornadas y los congresos de Historia es la lamentación por tal o cual vacancia historiográfica y el deseo de que próximamente aparezca una investigación que conduzca esas penas a puerto seguro. En tal sentido, hay obras que resultan esperables, inclusive deseables, pero hay otras que son ineluctablemente necesarias. Es decir, algunas producciones cumplen el rol de funcionar como tirantes sin los cuales resulta dificultosa la tarea de seguir techando una historiografía efectivamente federal que nos cobije. A esta última categoría se corresponde, verbi gratia, este libro de Rodolfo Leyes. Sin menoscabo de las producciones históricas previas sobre la provincia, esta obra viene a llenar una laguna, a apuntalar una estructura de estudios de la clase trabajadora y del movimiento obrero para una región de la cual aún sabíamos poco, hasta ahora. Cuando esto sucede, nos congratulamos todos aquellos que desde diversas latitudes abordamos procesos similares, en la medida en que permiten articulaciones más amplias que dialogan no solo con la esfera nacional, sino y, sobre todo, con los espacios locales y regionales.
En este sentido, el libro de Leyes, producto de más de una década de avances en el trabajo sostenido de empedrar, piedra a piedra, el camino que conduce a una historia general de Entre Ríos, nos acerca una investigación que recorre un siglo, desde la inmediata coyuntura posterior a la batalla de Caseros —donde el caudillo entrerriano Justo José de Urquiza tuvo un rol clave— hasta el golpe militar de 1943 y la irrupción del peronismo como fenómeno político. Que la obra haya requerido bucear en una extensión centenaria no responde solo a una intención totalizadora de la propuesta del autor, sino a una necesidad metodológica que abona al argumento sobre las enormes lagunas con que debe lidiar la historiografía regional. Algo de la vocación de Sísifo se cuela en toda producción realizada desde las periferias cada vez que precisa construir un sólido andamiaje argumental sustentado en esquivos documentos. No obstante, el trabajo de fuentes realizado por el investigador es hercúleo, al construir series cuantitativas y ejercitar cruces necesarios y fecundos con documentos éditos e inéditos de muy diversa procedencia.
El libro se estructura en una combinación eficaz entre un recorrido diacrónico del siglo transcurrido entre 1854 y 1943, y una propuesta temática sincrónica de ejes de análisis. El primer capítulo se titula “Proletarización y primeras manifestaciones de clase (1854-1876)”, en el cual se analizan los procesos de pauperización de las condiciones de vida de los labradores y pastores, quienes vivieron experiencias de desposesión y compulsión hacia formas asalariadas de empleo. Todo ello al calor de las levas que reclutaban brazos para sus ejércitos irregulares, sobre todo en el marco de la progresiva valorización de la tierra. Las particularidades del proceso migratorio de cercanía, así como del modesto ultramarino, fueron configurando una capa de semiproletarios que tenían acceso a la tierra, pero en cantidades exiguas, aspecto que conllevaba un proceso paralelo de proletarización para alcanzar la auto sustentación.
Esta singular configuración de las relaciones de producción en la provincia hizo que los colonos pudieran escapar a las levas, pero no a subemplearse como jornaleros a sueldo. En línea con otras latitudes, y como parte del mismo proceso de transición al capitalismo que estaba experimentando el país en ciernes, los trabajadores de la provincia tuvieron que lidiar con codificaciones y legislaciones persecutorias de la “vagancia”. Finalmente, Rodolfo Leyes plantea una importante discusión historiográfica a partir de poner en entredicho el presunto origen de la clase obrera organizada con la creación del gremio de obreros tipógrafos en Buenos Aires en 1857, puesto que tres años antes el autor encuentra lo que, a priori, fue la primera huelga obrera del país, que tuvo lugar en la industria saladera motivada por reivindicaciones salariales.
El sofocamiento al último alzamiento militar de Ricardo López Jordán en 1876 abre el segundo capítulo, titulado “La gran expansión y la clase obrera entrerriana (1876-1916)”. La pacificación interior y el fin de las rebeliones abrió paso a un clima propicio para el desarrollo capitalista, en el cual progresivamente se fue configurando un capitalismo agrario de fuerte proyección hacia el mercado externo. Esta expansión de las fronteras productivas tuvo lugar gracias al fraccionamiento de la tierra y su venta por medio del sistema de colonización, que se sostuvo in crescendo hasta la segunda década del siglo XX y explica el crecimiento poblacional de más del 300 % que experimentó la provincia entre 1869 y 1914. Los incipientes procesos de urbanización de la segunda mitad del siglo XIX vieron configurarse, sostiene el autor, tres categorías de proletarios: los de proletarización completa y con empleo permanente, los temporarios que eran contratados a destajo para las temporadas de la cosecha, y una tercera categoría de semiproletarios con tierra —u otros medios de producción— que debían vender su fuerza de trabajo de todos modos.
Con dichos contornos de la clase obrera mejor definidos, el historiador se abocó a la formación del movimiento obrero entrerriano en un cuarto apartado titulado “Los inicios del movimiento obrero entrerriano y la llegada de las ideas socialistas (1873-1916)”. Como en el resto del país, hacia la década de 1890 el crecimiento de las expresiones ideológicas de izquierda cruzó la frontera entrerriana para comenzar a consolidar, de forma lenta pero sostenida, experiencias organizativas y de izquierda. Sectores socialistas fueron los pioneros en organizar a los obreros provinciales, al menos hasta la llegada de un anarquismo que supo hegemonizar —aunque el autor deje eso como una duda latente— al campo obrero provincial. La falta de expresiones de izquierda previas a las primeras giras de propaganda de finales del siglo XIX, condujo a Leyes a postular el desarrollo del movimiento obrero provincial como un proceso externo, motorizado desde Buenos Aires y Santa Fe. Cierta apatía de los obreros, sumada a las dificultades para organizar a un proletariado de amplia dispersión territorial, socavaron las posibilidades de un desarrollo profundo de la organización. A raíz de ello, el historiador afirma que la Federación Obrera Entrerriana, a pesar de enunciar una dimensión provincial, no trascendió los límites capitalinos de la ciudad de Paraná.
Las dificultades para la consolidación sindical lograron subsanarse, más no sea de forma temporal, en el quinquenio abierto a partir de 1917, proceso del cual da cuenta el cuarto capítulo del libro, intitulado “El quinquenio rojo: auge y caída de las luchas gremiales (1917-1922)”. El período de recupero de todos los guarismos, conforme la Gran Guerra tocaba a su fin, abrió paso al crecimiento de la conflictividad a nivel nacional y también en Entre Ríos. Con un relevo hegemónico en manos de los sindicalistas revolucionarios, los años de aquel lustro estuvieron signados por los intentos de organización sindical que, nuevamente, encontraban su alma mater en los militantes externos que catalizaron procesos de organización en la provincia, liderados por la Federación Obrera Regional Argentina del IX Congreso. A pesar de la vacancia historiográfica señalada por Leyes, logró reponer valiosamente el derrotero de los ácratas quintistas y su rol durante aquellos años. Hacia 1920-1921, el movimiento obrero entrerriano conoció el mayor nivel de organización sindical hasta el momento, liderando procesos de conflictividad que terminaron en represiones sangrientas.
El capítulo quinto, “El capitalismo en tiempos de transformaciones (1922-1943)”, se adentra en las vicisitudes que vivió la provincia cuando los límites a la expansión horizontal se hicieron notorios, lo cual produjo ciertas formas de reconversión productiva y de alteración de la composición orgánica del capital dentro del agro provincial. Los altos niveles de tenencia privada de la tierra, de insuficiente tamaño, conllevaron una particular situación de empobrecimiento de muchos agricultores. Esto, sumado a un magro desarrollo industrial y al impacto de la crisis de 1929, abrió paso a un fuerte proceso de expulsión de mano de obra desocupada del campo a la ciudad, pero también de estas hacia otras provincias vecinas. En el sexto capítulo, Intervención estatal y contención social en un contexto de crisis (1930-1943), el autor desarrolla la delicada tesitura por la que atravesaba la provincia, con tasas de desocupación de las más alarmantes del país. Esto conllevó ciertos niveles de consenso sobre la necesidad de intervención del Estado, no solo para contener la desocupación, sino también para evitar desbordes sociales. Aquí el historiador permite ver el rol que tuvo el Estado nacional como empleador —entre otros ensayos—, aumentando exponencialmente el empleo público como mecanismo paliativo en una coyuntura donde se estaban formando comités pro desocupados en la provincia.
El séptimo apartado, “La semilla de la organización: reconstrucción y lucha sindical en un período de crisis (1922-1943)”, analiza el proceso de reorganización sindical después del cierre represivo del ciclo previo. Señala un reflujo entre 1923 y 1926, que finalmente dio inicio a un período de nueva conflictividad, liderado en buena medida por militantes y cuadros obreros que habían hecho sus primeras armas en el quinquenio estudiado en el capítulo cuarto. A pesar de la experiencia acumulada, fueron nuevamente las giras de propaganda —y organización— desde Buenos Aires las que volvieron a activar el proletariado provincial. Aquello dio sus frutos, puesto que, en lo peor de la crisis, en 1932, se pudo configurar una estructura gremial de alcance provincial como fue la Unión Obrera Provincial de Entre Ríos, a partir de la cual la expansión sindical alcanzó localidades hasta entonces refractarias. También el anarquismo tuvo un reverdecer importante con la formación de la Federación Obrera Comarcal Entrerriana al promediar la década de 1930. Procesos organizativos y de conflictividad relevantes recorrieron la provincia a ambas orillas, y fueron enhebrados hábilmente por el autor en su trabajo.
“Los obreros hacen política (1922-1943)” es el nombre del octavo apartado del libro. Aquí, atravesando la temporalidad de los dos capítulos previos, Leyes se adentra en las experiencias políticas de las tres expresiones partidarias de izquierda más significativas de la provincia, las cuales permiten tejer y comprender aún mejor los capítulos precedentes. Estas representaciones partidarias eran: el Partido Socialista, que comenzó a consolidar su posición reformista; el Partido Socialista Obrero, desprendimiento por izquierda del anterior y, finalmente, el Partido Comunista y su singular presencia “espectral” en los tardíos años treinta. El último capítulo, “Las alianzas políticas: radicalismo y clase obrera (1914-1943)”, se adentra en los vínculos políticos de la clase trabajadora con el partido que gobernó la provincia desde 1914, la Unión Cívica Radical. Este partido de masas, que supo sortear el ciclo de intervenciones federales abierto con el golpe de Estado de 1930, logró niveles importantes de consenso y cercanía con un movimiento obrero al cual reprimió toda vez que los intereses capitalistas se sintieron amenazados. Aquí, el autor desarrolló extensamente las estrategias de acercamiento electoral ensayadas por el partido, así como sus complejos vínculos con el campo sindical, al cual buscó limitarle su autonomía y sus posibles derivas contestatarias.
Esta obra constituye un aporte sustancial al campo de estudios del mundo obrero y la clase trabajadora de Entre Ríos y, por extensión, del país. Como afirmamos al inicio, viene a llenar una vacancia historiográfica que resultaba problemática, al tiempo que aporta un retazo más para la urdimbre de un tapiz regional que nos permite acercarnos mejor a la historia proletaria de la región litoraleña. Con una escritura amena y concisa, una organización singularmente fructífera de los capítulos entre opciones metodológicas sincrónicas y diacrónicas, el libro repone un espectro muy vasto donde la clase trabajadora es puesta en relación y tensión con su antagónica, pero también con la dimensión política e ideológica en un proceso centenario que invita a pensar procesos de larga duración, con sus innegables rupturas y también sus numerosas continuidades.
Toda obra señera tiene el mérito de arrojar luz sobre una habitación en penumbras, inclemente verdad que trae aparejada su opuesto: proyecta sombras. Sombras que lejos de constituir falencias o faltantes, en obras de esta envergadura se traducen en líneas de trabajo futuras que el autor, saludablemente, deja abiertas. De esta forma, tenemos un nuevo tirante para seguir techando la historia proletaria nacional, al tiempo que una lamentación menos por los pasillos de los cónclaves historiográficos.