Caro Ojeda, Marlon. “Reseña de Seres imaginarios andinos, de Pablo Landeo Muñoz”. Anclajes, vol. XXX, n.° 2, mayo-agosto 2026, pp. 87-89.
https://doi.org/10.19137/anclajes-2026-3027

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RESEÑAS
Seres imaginarios andinos
Landeo Muñoz, Pablo
Huancayo, Editorial Lliu Yawar, 2024, 270 páginas.
ISBN 978-612-48917-8-6
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La publicación de Seres imaginarios andinos (2024) de Pablo Landeo Muñoz nos remite, inevitablemente, a uno de los títulos fundamentales de la zoología fantástica, El libro de los seres imaginarios (1967) de Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero. Este vínculo no es casual, pues los autores argentinos aceptaban una limitación natural, impuesta por la variedad de criaturas existentes que su erudito bestiario no llegaba a recoger, por lo que invitaban al “eventual lector” a informar acerca de sus monstruos locales.
En cuanto lector de Borges, Landeo ha sabido responder a este llamado de forma solvente, a través de un texto que nos interna en el corpus de seres surgidos en la imaginación de los hombres del Ande. Más aún, el autor busca comprender su participación al interior de las cosmovisiones y cómo se insertan en las relaciones sociales de las comunidades. Postula, además, una clasificación que es lo suficientemente comprensiva como para albergar a un gran número de criaturas de este particular fabulario.
Aunque de clara filiación borgeana, una huella que Landeo no duda en transparentar —“[...] siempre tenemos deudas con Borges” (143)—, conviene tener presente que nos encontramos ante un libro que se asienta firmemente en una tradición investigativa originada en el espacio andino. De hecho, no es Landeo el primero en buscar un nombre común para el conjunto de seres imaginarios presentes en las tradiciones orales y escritas de los Andes, sino que su indagación se construye sobre los esfuerzos previos realizados por autores como Adolfo Vienrich, José María Arguedas y Francisco Izquierdo Ríos, Alejandro Ortiz Rescaniere, Juan Ansión, José Dammert Bellido y Alfredo Mires Ortiz, Lucy Jemio Gonzales, Josef Estermann, Fernando Silva-Santisteban y Claudia R. Cáceres Rivero (72-73). Sobre estas bases, Landeo acuña la categoría umallanchikpi kaqkuna, literalmente, “seres que existen solo en nuestra cabeza” (41), para referirse a “[...] todos los seres creados por la imaginación del hombre andino [, los cuales] conviven con los runakuna, es decir, comparten un kaypacha (espacio) y kunanpacha (tiempo) comunes y actuales” (41). Imaginarios, sí, pero no por esto menos implicados en el destino humano: dotados de afecto y sensibilidad, preservan la memoria colectiva y los mecanismos de convivencia social, además de que intervienen en los problemas humanos y posibilitan —a través de premios y sanciones— el equilibrio cósmico (41). Aunque Landeo aclara que la denominación umallanchikpi kaqkuna es una propuesta más bien provisional, posiblemente inexacta, cuya potencialidad radica en “iniciar las discusiones desde una perspectiva andina” (22), creemos que esta categoría es uno de los aportes teóricos más relevantes del libro, como relevante también es su propuesta de clasificación. El autor divide los umallanchikpi kaqkuna en tres grupos, cada uno con sus subdivisiones, campos semánticos, hábitat y funciones: Umallanchikpi kaqkuna míticos, Kaqmanta-umallanchikpi kaqman o seres reales que trascienden a imaginarios y Umallanchikpi kaqkuna o seres propiamente imaginarios (96-97).
Por otra parte, Landeo propone comprender a estos seres dentro de las “estructuras mentales” del hombre andino, es decir, su participación en la constitución de normas éticas y morales y su situación como elementos del control social que actúan mediante la persuasión o la ideología. Si bien diversas formas de control están presentes tanto en Occidente como en los Andes, en este último ámbito las líneas de conducta que regulan estas criaturas se basan en “la reciprocidad, la transparencia, el trabajo y el respeto por la naturaleza” (27). Es así que la conservación de la especie humana y del equilibrio natural del medio ambiente, la cohesión del grupo social a través de los valores y el mantenimiento del equilibrio en la reciprocidad como hecho social total son funciones fundamentales de la ética, sobre cuya tensión se desarrollan diversas narraciones que tienen a los seres imaginarios como protagonistas (27-28).
El último capítulo de Seres imaginarios andinos está reservado para abordar treinta y siete criaturas, algunas fácilmente reconocibles y largamente estudiadas, como Inkarri, Wamani, Cahuillaca, el Muki, la Qarqaria, los Condenados, las Sirenas e, incluso, Santiago Apóstol y Tupac Amaru II, devenidos seres míticos. Este corpus es producto de la confluencia de diversas fuentes, como crónicas coloniales –los trabajos de Felipe Guamán Poma de Ayala, Pedro Cieza de León, Bernabé Cobo e Inca Garcilaso de la Vega, entre otros– recopilaciones de tradición oral —por ejemplo, las de Adolfo Vienrich, Pedro Monge Córdova y Sergio Quijada Jara— y obras literarias de autores más contemporáneos —José María Arguedas, Gamaliel Churata, Edgardo Rivera Martínez, Oscar Colchado y Feliciano Padilla, por citar algunos—. Textos heteróclitos que dan cuenta de la larga permanencia de estos seres, algunos de origen precolombino, pero transculturados y reactualizados. Un ejemplo de estas transformaciones lo constituye el Amaru:
Antes de la llegada de los españoles al Tahuantinsuyo, la serpiente era el amaru de los incas. Después de la conquista, asociada a la escatología occidental, alcanzaría significaciones demoníacas. [...] Con la presencia del toro en los Andes, la significación del amaru cambia radicalmente. Desde el momento en que el espíritu agrícola de los aborígenes y el toro se constituyen en unidad indisoluble, este último será la reencarnación del amaru y se sumergirá en la profundidad de las lagunas andinas (112-113).
Quisiéramos detenernos, por último, en algunos rasgos en apariencia menores, pero que podrían contener ciertas claves de lectura de Seres imaginarios andinos. En primer lugar, Landeo propone una relación cercana e íntima con el material que explora y que, discretamente, ayuda a construir. En su libro, el investigador abandona, por momentos, la distancia y la neutralidad que presupone su trabajo, y queda así libre para incorporar sus vivencias y recuerdos: “[...] solía escuchar a los ancianos en mi niñez” (105); “[l]a historia la escuché cuando era niño” (114); “[r]ecuerdo un episodio de mi infancia marcada por la carencia de lluvias y el hambre” (208-209). Por otra parte, son frecuentes digresiones que evidencian la afinidad que establece el autor con determinadas criaturas, como, por ejemplo, su respetuosa evocación del zorro o Atuq:
[...] me extraña el hecho de que los andinos hayamos asignado al zorro tantas adversidades juntas como si no fueran ya suficientes las que recibió de Cuniraya Huiracocha, ordenador del mundo. Por eso, no seré de los que echen más leña al fuego. No me ensañaré con el atuq, que iluminó mis noches de infancia, aunque sea con sus despropósitos para escarmiento de otros (124).
Finalmente, la indagación en determinados seres se ve complementada por narraciones y poemas propios, un procedimiento mediante el cual el autor los hace parte de su poética. Podemos citar aquí los versos de “Noche cósmica”, en los cuales se ofrece una visión personal acerca de la Cabeza voladora o Uma puriq (140), así como el preámbulo en el cual describe a la Mula del tayta cura:
Solo yo sé cuánto soñaba con esta dama, cuánto la buscaba hambriento en mis noches de adolescente, en Huancayo. Presa inalcanzable, su cuerpo trascendía a azahar, a rosas, a hostia y cánticos celestiales. Por ello, me costaba creer que sus muslos luminosos pudieran transformarse en toscas patas de mula; sus delicados calzados de cuero, en fieras herraduras (119).
Manifestaciones de su estilo literario —Landeo es autor de los libros de poesía Los hijos de babel (2011), Limapaq Runasimi (2021), de cuentos Wankawillka. Hanaqpacha ayllukunapa willakuynin (2013) y Lliwpaq (2021), y de la novela Aqupampa (2016), escrita íntegramente en quechua—, estas apuestas por la subjetividad son también resultado de una de las tesis centrales de este valioso texto: si los umallanchikpi kaqkuna conviven con los humanos, es natural que entre ellos se establezcan vínculos de reciprocidad, de mutua dependencia y consideración, lazos primordiales que las páginas de Seres imaginarios andinos han sabido preservar.
Marlon Caro Ojeda
Universidad Nacional Mayor de San Marcos
PERÚ
ORCID 0000-0002-0549-5773