Bueno Aguado, Mario y Cristina Somolinos Molina. “‘Organizaron nuestra explotación’: trabajadoras y conciencia de clase en la obra testimonial de Tomasa Cuevas”. Anclajes, vol. XXX, n.° 1, enero-abril 2026, pp. 115-129.
https://doi.org/10.19137/anclajes-2026-3018

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DOSSIER
“Organizaron nuestra explotación”: trabajadoras y conciencia de clase en la obra testimonial de Tomasa Cuevas
Mario Bueno Aguado
Universidad de Alcalá
ORCID: 0000-0001-5304-2309
Cristina Somolinos Molina
Universidad de Alcalá
ORCID: 0000-0002-5334-7281
Fecha de recepción: 3 de mayo de 2025 | Fecha de aceptación: 11 de junio de 2025
Resumen: La vasta obra testimonial recogida por Tomasa Cuevas en sus tres volúmenes, Cárcel de mujeres (1939-1945), Cárcel de mujeres y Mujeres de la resistencia, se ha consolidado como fuente primordial para el estudio de las culturas carcelarias femeninas. Al mismo tiempo, estos textos se erigen en depositarios de unas memorias obreras que se revelan a partir de la autoconciencia de pertenencia a la clase trabajadora y de la expresión de una diversidad de tareas, actividades y experiencias vividas y realizadas por ellas. En este trabajo, analizaremos el modo por el cual en la obra de Cuevas se manifiestan estas culturas obreras femeninas, tanto por lo que respecta al impacto de la vinculación afectiva y de la experiencia directa de la desigualdad social en la toma de conciencia de clase como por lo que atañe a la socialización carcelaria y su contribución a la consolidación de una serie de relaciones sociales que presentan como central la categoría de clase.
Palabras clave: Tomasa Cuevas; Escritura testimonial; Conciencia de clase; Siglo XX; España franquista.
“They organised our exploitation”: women workers and class consciousness in Tomasa Cuevas's testimonial work
Abstract: The extensive testimonial work collected by Tomasa Cuevas in her three volumes, Cárcel de mujeres (1939-1945), Cárcel de mujeres and Mujeres de la resistencia, has established itself as a primary source for the study of women´s prison cultures. At the same time, these texts are the repository of workers´ memories that are revealed through the self-consciousness of belonging to the working class and the expression of a diversity of tasks, activities and experiences lived and carried out by them. In this paper, we will analyse the way in which these female working-class cultures are manifested in Cuevas´s work, both in terms of the impact of affective bonding and the direct experience of social inequality on class consciousness, and in terms of prison socialisation and its contribution to the consolidation of a series of social relations in which the category of class is central.
Keywords: Tomasa Cuevas; Testimonial writing; Class consciousness; 20th Century; Francoist Spain.
“Organizaram a nossa exploração”: mulheres trabalhadoras e consciência de classe na obra testemunhal de Tomasa Cuevas
Resumo: O vasto trabalho de testemunho recolhido por Tomasa Cuevas nos seus três volumes, Cárcel de mujeres (1939-1945), Cárcel de mujeres e Mujeres de la resistencia, afirmou-se como uma fonte primordial para o estudo das culturas prisionais femininas. Ao mesmo tempo, estes textos são o repositório de memórias operárias que se revelam através da autoconsciência de pertença à classe operária e da expressão de uma diversidade de tarefas, actividades e experiências vividas e realizadas por elas. Neste artigo, analisaremos a forma como estas culturas operárias se manifestam na obra de Cuevas, quer em termos do impacto da ligação afectiva e da experiência direta da desigualdade social na consciência de classe, quer em termos da socialização prisional e do seu contributo para a consolidação de um conjunto de relações sociais em que a categoria de classe é central.
Palavras-chave: Tomasa Cuevas; Escrita testemunhal; Consciência de classe; Século XX; Espanha franquista.
“[A] Ventas nos llevaron a todas las que estábamos condenadas porque pusieron intendencia, es decir, los talleres de confeccionar ropa para el Ejército, que se la daban a hacer a las civiles. La dirección de prisiones, pensando que era una manera de sacar dinero, estableció los talleres en los sótanos de Ventas y organizaron nuestra explotación” (Cuevas Testimonios 332).
Introducción: mujer, clase y conciencia[1]
La obra de Tomasa Cuevas se caracteriza por su aportación singular a la construcción de la memoria de las mujeres españolas que fueron represaliadas y encarceladas en las prisiones franquistas, especialmente durante la década de los años cuarenta. A lo largo de tres volúmenes, Cárcel de mujeres (1939-1945) (1985), Cárcel de mujeres (1985) y Mujeres de la resistencia (1986), Cuevas da cuenta del resultado de las entrevistas que realizó desde mediados y finales de los años setenta a sus compañeras de presidio. Magnetófono en mano, recorrió la península ibérica con el afán de documentar testimonios y experiencias de quienes, como ella, atesoraban recuerdos de su paso por las cárceles del régimen franquista. Se trata de una obra coral[2] que contiene una vasta recopilación que ha sido reeditada en diferentes ocasiones[3].
Estos testimonios han recibido, asimismo, atención desde diferentes ámbitos de la investigación académica. En relación con ello, resulta relevante citar los trabajos que, desde la historiografía y desde la historia del antifranquismo han prestado atención al contenido recogido en los tres volúmenes, por ejemplo, Mangini, Vinyes, Cabrero Blanco, Hernández Holgado, entre muchos otros, acuden a la fuente primaria fundamental que supone este texto, pues, como destaca Hernández Holgado (“Tomasa Cuevas” 254-255), se trataba de una “imperativa necesidad de escritura” para cubrir “un vacío”, grabando “algo que no figuraba en los libros de historia, ni siquiera en las obras de la literatura memorial antifranquista”. Efectivamente, los usos que estas voces transcritas han tenido han sido variados y muy versátiles: desde la historia de la escritura, los testimonios recogidos por Cuevas suponen asimismo un material valioso para reconstruir las formas y funciones de la escritura en las cárceles (Macsutovici Ignat) o para esclarecer aspectos locales relacionados con las cárceles de mujeres (Somolinos Molina y Bueno Aguado); asimismo, desde los estudios literarios y culturales se le presta atención en relación con su dimensión autobiográfica y testimonial o con las dinámicas del campo cultural de mediados de los ochenta (Cavallo, Souto, Somolinos Molina “Toda la prisión”, “Narrativas testimoniales” y “Relato esto para”; Martínez Fernández), en diálogo con otros textos que se publican en el periodo[4].
En este trabajo, nos interesa prestar atención a un aspecto recurrente en las narrativas recogidas por Cuevas, relacionado con la expresión de la conciencia de pertenecer a la clase trabajadora y de reflejar las experiencias de las protagonistas entrevistadas en relación con el trabajo. La conciencia de clase supone un elemento básico e imprescindible en la cultura marxista. Ya en 1847, Karl Marx exponía en su obra La miseria de la filosofía una de las características que había impuesto la transformación económica: crear una masa de personas de intereses en común, una clase social, pero que aún no tenía consciencia de su propia entidad, en otros términos: “aún no es una clase para sí” (Marx 120). Aunque realizar un recorrido amplio sobre el concepto de conciencia de clase y la complejidad de esta categoría excede nuestro propósito en este trabajo, nos interesa anclar nuestra propuesta de análisis de los discursos recogidos por Tomasa Cuevas en el marco analítico elaborado por historiadores como E. P. Thompson o Eric Hobsbawm. Este último distingue la existencia de la clase social, “que existe desde la ruptura de una sociedad basada esencialmente en el parentesco”, y la conciencia de clase, que es un fenómeno que surge en la era industrial. Aquí, destaca el carácter eminentemente práctico por el cual se puede adquirir una conciencia de clase, ya que se desarrolla en un conjunto de experiencias que se pueden “experimentar” y que no supone un mero concepto analítico (Hobsbawm 31-33). En términos similares, también se expresa Thompson:
las gentes se encuentran en una sociedad estructurada en modos determinados (crucialmente, pero no exclusivamente, en relaciones de producción), experimentan la explotación (o la necesidad de mantener el poder sobre los explotados), identifican puntos de interés antagónicos, comienzan a luchar por estas cuestiones y en el proceso de lucha se descubren como clase, y llegan a conocer este descubrimiento como conciencia de clase. (Thompson Tradición 37)
Concretamente, según esta concepción thompsoniana, la conciencia de clase “es la forma en que se expresan estas experiencias en términos culturales”, a través de múltiples manifestaciones. Esta manifestación puede surgir del mismo modo, “pero nunca surge exactamente de la misma forma” (Thompson El origen XIII-XIV). Al mismo tiempo, esta conceptualización se abre a la posibilidad de la diferencia, que inserta otra variable: en general, como ha estudiado Federici (12), las definiciones clásicas de las clases sociales no han tenido en cuenta la especificidad de los trabajos desempeñados por las mujeres bajo sus diversas modalidades o han tendido a minusvalorar la aportación al conjunto de la sociedad de actividades que no forman parte del ámbito laboral formal. La expresión y desarrollo de la conciencia de clase en estos casos se relaciona no solamente con la adscripción a entornos laborales formales, sino también con la actividad en numerosas tareas reproductivas que sostienen, en último término, la vida cotidiana.
En las siguientes páginas, abordaremos el modo por el cual los tres volúmenes de testimonios recogidos por Cuevas se erigen en depositarios de la participación de las mujeres trabajadoras en la resistencia al franquismo, a través del estudio de los discursos de reivindicación de la pertenencia de clase que encontramos en ellos y en relación con la actividad política y la militancia de las protagonistas, pero también mediante las representaciones de las experiencias de trabajo y la diversidad de tareas y actividades realizadas por ellas. Precisamente, una cuestión central en los testimonios recogidos por Tomasa Cuevas tiene que ver con los distintos grados de experimentación o adquisición de esa conciencia por la diversidad de perfiles de reclusas que aportan sus voces y sus vivencias. Mientras que muchas de ellas contaron con una amplia trayectoria política, otras adquirirán una conciencia política y de clase exclusivamente tras los muros de la prisión, ya sea viviendo la explotación de los trabajos impuestos por la institución penitenciaria, ya a través del diálogo con sus camaradas en un espacio feminizado, sin la presencia de varones que invisibilicen o minusvaloren sus actuaciones.
Reivindicación del origen de clase: de la vinculación afectiva a la experiencia directa
Tal y como apunta Hernández Holgado en la semblanza biográfica que realiza de Cuevas (“Tomasa Cuevas” 232), desde la introducción al primer volumen de testimonios se enfatiza la identificación orgullosa de la autora como procedente de una familia obrera. La experimentación de las condiciones de explotación familiares sustenta esta asimilación de una prematura conciencia de clase: el retrato familiar estaba formado por sus abuelos, albañil y hornero, respectivamente, su padre, trabajador en una fábrica de harinas y su madre, dedicada a la elaboración y reparto del pan, así como al lavado de ropa en el lavadero municipal. Una de sus hermanas trabajaba en la fábrica textil de Brihuega, antes de marchar a Guadalajara para servir, y su hermano ayudaba con el horno (Cuevas Testimonios 25-38). De acuerdo con Hernández Holgado (“Tomasa Cuevas” 236), una adulta Tomasa Cuevas rememora su pasado de forma presentizada y esboza su adopción de una conciencia de clase desde el sentimiento de injusticia por la situación que vivía su padre, quien, tras sufrir un accidente y encontrarse impedido y hospitalizado durante dos años, no encontraba trabajo en el pueblo. Por esa razón, tuvieron que emigrar a la capital provincial, ante la imposibilidad de encontrar otro trabajo que el de cargar sacos de carbón. Como destaca Yusta, en numerosas ocasiones, mujeres que no han tenido necesariamente una implicación en redes militantes realizan una “politización de los afectos” como un motor de su compromiso político. La vinculación afectiva –como ocurría también en el caso de la actividad de las denominadas “mujeres de preso” (Abad Buil 104-114)– se convierte en germen de la conciencia de clase y posterior militancia y participación política. Cuevas manifiesta, en relación con ello, su incomprensión ante la existencia de “gente tan mala como para hacer daño a un hombre tan bueno” (Cuevas Testimonios 30); de igual manera, la observación del rechazo que las órdenes religiosas imponen a su vecina Dominga por motivos económicos y por su condición de ciega hace germinar en ella la conciencia de clase:
Pero lo que sí comprendía era que había algo que no marchaba, no encontraba la razón de por qué en los conventos no la admitían sin dinero, y sí la admitían si tenía una buena dote. Como tampoco comprendía que los niños de la gente bien tuviesen escuelas y no pasaran hambre, y la gente obrera no pudiese llevar a sus hijos a la escuela y pasara hambre y miseria. Hoy casi me atrevería a asegurar que aquella época marcó en mí una lucha de clases. (Cuevas Testimonios 34)
Este desarrollo de una identidad obrera a través de los afectos también se ve reflejada en el testimonio de María Salvo. No fue en el modelo de ateísmo del padre en el que María se basó para adquirir una conciencia de clase sino en el perfil de su madre, una mujer que trasladaba cuidadosamente su creencia religiosa a sus hijos. Según ella, “sus condiciones morales de honradez y abnegación tan acusadas” hicieron que, tanto ella como sus hermanos, fueran “conscientes desde muy pequeños de la injusticia con que le trataba la vida, experimentando por ello un sentimiento de rebeldía pero sintiéndonos impotentes para aliviar la dureza de la misma por nuestra extrema juventud” (Cuevas Testimonios 409). Casualmente, en el relato de Salvo, las condiciones vitales ocupan un lugar secundario en su politización. Aunque está presente la precariedad familiar –pues su padre se encuentra desempleado y la familia depende de la aportación de su hermano como aprendiz de mecánico–, la adquisición de la conciencia se ve manifestada por la violenta coacción que sufrió su madre, empleada como portera de una casa de vecinos en el ensanche de Barcelona, en pleno proceso electoral de 1933:
En esta ocasión la dueña de la casa donde vivíamos coaccionó a mi madre solicitando su voto a favor de las derechas, bajo la velada amenaza de perder el empleo en caso contrario; fue entonces cuando comprendí exactamente la desigualdad existente y empecé a intuir que ellos eran una clase y nosotros otra, y germinó en mi interior un brote de rebeldía ante tanta injusticia. (Cuevas Testimonios 409)
Este es un modelo que se repite de forma recurrente y que es común a otras experiencias de politización de las mujeres que no acumularon experiencias previas en el campo político o sindical, como puede ser en el caso de las que se implicaron en las redes de apoyo a la lucha guerrillera (Yusta) o en apoyo a sus familiares presos (Abad Buil). En ocasiones, esta toma previa de conciencia de clase se confirmaba mediante el acceso al mundo del trabajo regular. La propia Cuevas relata cómo, ante la enfermedad sobrevenida de su madre al trasladarse a Guadalajara, abandonó la escuela habiendo aprendido “a mal leer y mal escribir” (Cuevas Testimonios 30) para servir brevemente como lazarillo de su vecina Dominga e incorporarse al trabajo en una fábrica textil a los nueve años para aportar económicamente al hogar familiar. El escaso salario la obligaba a compatibilizar su empleo en la fábrica con el desempeño de otros trabajos en régimen irregular, tales como el trabajo de niñera para una familia de clase acomodada, primero, y la costura a domicilio, el reparto de leche en casa de los arrendatarios de su vivienda o el lavado de ropa, después (Cuevas Testimonios 34-35). Las condiciones de trabajo y la acumulación de tareas se describen con minuciosidad: “arreglaba las medias por las noches y trabajaba de día en la fábrica” (36), “Entonces me iba muy de mañana a aquel lavadero que con tanta rabia había mirado tantas veces y allí, con aquellas mujeres, lavaba yo también la ropa: la ponía en jabón y me iba a la fábrica. Volvía de la fábrica y lavaba. Cuando salía de la fábrica, aclaraba. Siempre dando vueltas al trabajo, del uno al otro” (37).
Tal y como relata Cuevas, estas experiencias laborales inocularon en ella el germen de la rebeldía, de tal forma que, ante la respuesta negativa de los patrones de la fábrica a sus peticiones de aumento de salario, ella misma comenzó a registrar el beneficio que generaba con la fabricación de cada prenda para articular una demanda objetiva de la cantidad sustraída, algo que –como plantea Hernández Holgado (“Tomasa Cuevas” 238)– muestra cómo la autora aprendió “empíricamente” y “sin necesidad de fórmulas” el concepto de plusvalía. En muchos casos, la suma de la conciencia afectiva y la experiencia vivida del mundo laboral condujeron, con cierta naturalidad, hacia la actividad política y sindical, pues es en ese espacio donde la autora manifiesta que: “allí aprendí también a luchar” (Cuevas Testimonios 37). Petra Cuevas, obrera textil, hace hincapié, igualmente, en esta dimensión del espacio de la fábrica como lugar de politización:
Fue en el año 34 cuando de una manera casual empecé a participar en el movimiento obrero. El día que empezó la huelga de octubre, yo desconocía totalmente lo que se preparaba, pero al salir a la calle y ver el ambiente pensé que no debía presentarme al trabajo (que por cierto el taller estaba a cinco minutos de mi casa). A pesar de todo, a las nueve y media fui a ver qué habían hecho los demás y me encontré que estaban trabajando. Subí, y como no supe justificar mi retraso quedé despedida. Así fue, de esta manera tan simple, como me vi salpicada de comunista y de cabecilla, porque al saber que me habían despedido nadie volvió al trabajo. Los dueños del taller concentraron su odio hacia mí y dieron aviso a los demás patronos para que no me dieran trabajo. (Cuevas Testimonios 361)
En la expresión de estas experiencias (y en otras similares no citadas), se produce lo que se puede denominar como el paso de una “conciencia de clase” a una “conciencia política” (o, también llamada, en el marco del pensamiento leninista, como el paso de una “conciencia sindical” a una “conciencia socialista”, tal y como sostiene Hobsbawm, 44)[5]. Ello cristaliza en la afiliación a organizaciones sindicales y partidos políticos de orientación marxista, de entre los cuales tiene una especial visibilidad en los testimonios el Partido Comunista de España, organización a la que la propia Cuevas consagró su actividad militante. En estos testimonios, se relata la influencia de esta formación y capacitación política y cómo aprehendieron o asimilaron esta forma de entender la realidad y el papel de la militancia política como “vanguardia del proletariado”. Así, la propia Tomasa Cuevas (Testimonios 39) expone que, como consecuencia de este entendimiento, y de “aprender a luchar” en la fábrica, decidió militar en la Juventud Comunista. De forma análoga ocurre con María Salvo, que decide militar en la JSU al inicio de la guerra, aunque no sin reticencias, ya que se determinaba a militar en el PSUC, “porque me consideraba lo suficiente madura como para militar en un Partido” (Testimonios 410).
En cualquier caso, existe un antes y un después en relación con las experiencias militantes que tuvieron estas mujeres durante el conflicto bélico y tras su ingreso en prisión. Si bien la participación de las mujeres en la Guerra de España supuso una politización e implicación social sin precedentes, –redefiniendo los roles de género y su participación en la esfera pública (Nash)–, esta no se tradujo en un protagonismo político equiparable al de sus camaradas varones, como demuestra el hecho de que son escasas las mujeres represaliadas que ocuparon cargos políticos o sindicales (Egido 28). Por ello, a pesar de la crudeza de la represión carcelaria, muchas de las reclusas políticas vivieron su tiempo en prisión como una oportunidad única para fortalecer su formación política al encontrarse “libres” de tareas domésticas, familiares o de cuidados (Bueno Aguado 59). Sus relatos narrados dan cuenta de esta politización y agudización de las contradicciones sociales que se intensificaron en prisión.
Trayectorias sociales, militancia carcelaria, clase y explotación
La prisión constituye un espacio de socialización donde confluyen distintas vivencias o trayectorias laborales y militantes. Contrastan, de esta manera, experiencias como las que hemos detallado con anterioridad (muchas forjadas en el activismo político-sindical urbano) con aquellas que procedían del mundo rural. Aquí cabe destacar a aquellas mujeres que fueron encarceladas por colaborar con las fuerzas guerrilleras a través de su trabajo como enlace en las comunidades campesinas, aldeas y pueblos de la geografía española. A pesar de la importancia vital de las tareas que desplegaron para el mantenimiento de la Resistencia, muchas de estas reclusas desconocían la dimensión política de sus actos, pues, dado que en numerosos casos existía una vinculación familiar, vecinal o afectiva, ellas mismas interpretaron estas actividades como una extensión de esta relación (Cabrero Blanco 287) o, incluso, entre la pluralidad de razones, como un mecanismo de supervivencia económica en la España del hambre de posguerra (Cabana 194-219). Incluso las más politizadas no dispusieron necesariamente de una visión de conjunto de lo que suponía colaborar con la Resistencia armada y solo tomaron conciencia de ello entre rejas, en entornos exclusivamente femeninos y gracias a las explicaciones de sus camaradas, como le confesó Antonia García, “Toñi”, a Tomasa Cuevas:
Era la época en que traían a Ventas muchísimas mujeres por haber ayudado a las guerrillas. La ayuda de estas mujeres se reducía a veces a venderles un pan cobrándoles veinte duros. Había mucha gente que sí, que venía porque había ayudado desinteresadamente exponiendo su libertad y en ocasiones la vida. Las menos eran las que no tenían ni idea de lo que era esa ayuda, sino que se exponían por dinero. Había entre ellas muchas mujeres maravillosas. Lo mismo a unas que a otras las acogimos con mucho cariño, nos dedicamos por completo a ellas y las hacíamos tomar conciencia de su clase y de lo que tenían que hacer; qué significaban las guerrillas, por qué luchaban y el papel que ellas habían jugado, unas sabiéndolo, otras ignorándolo. (Cuevas Testimonios 334)
Podemos, pues, plantear que esta interconexión de diferentes procedencias y experiencias permitió profundizar en el carácter político de todas las acciones que estas mujeres realizaron, una transmisión de una conciencia política que únicamente se podía trasladar –y asimilar– en el contexto carcelario. En cualquier caso, cabe destacar que la vida en el campo también constituye un elemento diferenciador en la forma de entender la represión. Algunas reclusas, como María Valés, reconocieron que el instrumento de castigo que utilizaban los perpetradores contra ellas era el mismo que su familia utilizaba para recolectar la cosecha, mediante el uso de sogas trenzadas: “no pegan con correas, pegan con lo que hacemos las cargas de mies, con esas maromas retorcidas que tienen tres retorcidos” (Cuevas Testimonios 299). La dureza de las condiciones del campo en España también resalta en algunos testimonios de las reclusas. María Salvo, antes de su ingreso en prisión, permaneció un tiempo en Hellín (Albacete), conviviendo con una familia campesina encabezada por Ángel, un amigo de su hermano. Allí, comprobó de primera mano la dureza del trabajo agrícola y el nivel de explotación que vivían para garantizar su subsistencia:
Permanecí algunos meses junto a ellos y fue una época que dejó huella en mí, porque estuve en contacto con gente labradora, con segadores de cuya vida no tenía la más remota idea. Ignoraba la dureza de esos hombres en el período de la siega; se trasladaban a los más lejanos lugares a hacer grandes jornadas de trabajo con el fin de reunir un poco de dinero que les ayudase a malvivir el resto del año. Desconocía la soledad, la añoranza que debían sentir de los suyos, la marginación a que por razones de trabajo se veían sometidos. (Cuevas Testimonios 412-413)
También destacó Salvo las mutuas incomprensiones ante experiencias laborales y vitales tan diferentes o, incluso, el clasismo que sintió alguno de los campesinos con los que convivió por su comportamiento, algo que ella trató de solucionar ayudándoles en las labores agrícolas. Estas experiencias le permitieron comprender –con posterioridad, ya dentro de prisión– la forma de ser de las reclusas que procedían del mundo rural:
en casa de los padres de estos amigos, que es donde trabajaban, no se hacían ninguna clase de diferencias a las horas de las comidas. Todos formábamos un gran grupo alrededor de una gran cazuela que la abuela de la casa condimentaba, un rico gazpacho; pero ellos formaban un grupo, no participaban en la conversación general, su mutismo era impresionante; solo su mirada estaba cargada de interrogantes, miradas tristes que iban de la cazuela a la persona que hablaba, pero jamás les oí intervenir. En un principio me sentía incómoda ante esta modalidad de comer, y eso que era época de mucha hambre; llevaba muchos meses sin comer pan y el de aquella casa era buenísimo. Lo amasaban ellos mismos, estos hombres sucios, sudorosos, con sus caras curtidas por el sol, que era difícil adivinar su edad; me observaban con mi trozo de pan en una mano y la cuchara en la otra sin decidirme a introducirla en la cazuela. Fue uno de ellos, el más joven, con cierto desprecio dijo: “Prefiere pasar hambre antes de mezclarse con nosotros, es de capital”. Sentí el deseo de replicar, pero un codazo de Ángel, me hizo desistir; comprendí que no se trataba de palabras sino de hechos, y fue con mi conducta posterior como les demostré lo cerca que me sentía de ellos, al participar junto con las mujeres de la casa en las faenas de la trilla. Fue una experiencia que con el correr de los años, ya en la prisión, me sirvió para comprender mejor a las mujeres del campo. (Cuevas Testimonios 413)
La diferencia de clase fue asimismo un factor que se remarcaba a través de la confluencia de diferentes trayectorias vitales en las prisiones. Desde este punto de vista, se destaca la visión de Antonia García Alonso, “Toñi”, sobre Matilde Landa, con quien compartió la dirección del PCE en la Cárcel de Mallorca. El origen burgués e intelectual y el capital cultural adquirido por esta última marcaba[6] una frontera social que “Toñi” acogía con cierta desconfianza:
Pero yo, viendo a Matilde desde mi punto de vista de obrera, de mujer del pueblo de una barriada de arrabal, muchas cosas de Matilde no las entendía, no la comprendía. Así que me es muy difícil juzgarla. Yo siempre he pensado que estando presa, tú eres tú y ellos son ellos; con esa gente solo se podía ir de cara, y al pan, pan y al vino, vino, pero esto bajo el punto de vista de una mujer obrera que tiene una idea de la ética distinta a la de los intelectuales, porque ellos se saben defender con una dialéctica bajo su punto de vista, de otra manera que lo hace el obrero. Nuestra defensa es eso que te he dicho antes, la dignidad, y decir “no es así”, venga lo que venga. (Cuevas Testimonios 340)
En efecto, “Toñi” plantea en su testimonio esta conciencia de la pertenencia a mundos distintos, que se materializa en una “idea de la ética” que deja su impronta en la forma de entender la resistencia de las obreras: la dignidad. Esta dignidad aparece, asimismo, en la actitud de las presas en relación con el trabajo en talleres de costura, que se realizaba a cambio de la rebaja de las penas, todo ello amparado en el discurso de la redención y con el objetivo último del control de las reclusas (Hernández Holgado La prisión militante 562). Estos talleres, en un primer momento, se destinaban a la labor de prendas para intendencia militar o para los reclusos de las colonias penitenciarias; más adelante, se estableció una serie de talleres de costura para la confección de ropa para hijos de presos, en los que las presas redimían su pena, pero no cobraban. A pesar del discurso maternalista y moralizante que difundía la propaganda, se trataba de prácticas de explotación laboral femenina (567), de las que las reclusas eran bien conscientes, tal y como atestigua el fragmento citado al inicio de este trabajo (Cuevas Testimonios 332). La Sección Femenina de Falange se encargaba de impartir la formación relativa al Servicio Social en las prisiones, dirigida, por un lado, a fijar el ideario de la domesticidad en ellas y, por otro, a ampliar su productividad en el trabajo. La resistencia pasiva de las reclusas ante este régimen laboral se cifra en la actitud, por ejemplo, de Elvira, bordadora de profesión, que relata su ignorancia fingida ante la conciencia de que las funcionarias de la escuela-hogar se aprovechaban de su trabajo:
todo su interés era que hiciéramos labores en el hogar para luego ellas llevárselas y ganarse un sueldo a nuestra costa, pero no sabíamos hacer nada. Yo era bordadora de profesión y me acuerdo que un día me dicen: “¿Tú sabes hacer algo?”. “No, no sé hacer nada”. “Pues coge este pañito y haz unas vainicas”. “Yo no sé cómo se hacen las vainicas”. “Pues, mira, se hace así y un festoncito...”, pero no sabíamos hacer nada y sin embargo en las celdas bordábamos para la calle. (Cuevas Testimonios 406)
En efecto, el trabajo informal de costura era una actividad común que realizaban las mujeres por cuenta propia para conseguir ingresos (Hernández Holgado La prisión militante 604). La “idea de la ética” y la dignidad obrera de la que hablaba Antonia García se revela asimismo central en su relato cuando narra la perplejidad de las funcionarias del Servicio Social al advertir que las presas comunistas sabían bordar y coser ‒pues fingían no saber hacerlo ante ellas‒ y que, además, trabajaban cobrando para encargos de tiendas:
Aquellas mujeres se volvían locas; se dieron cuenta de que habían sido objeto de burla, que no nos podían enseñar nada. Allí había mujeres que habían sido modistas de Balenciaga, estaba Petra Cuevas, bordadora, especialista en trajes de noche, que había sido la secretaria general del Sindicato de la Aguja; estaba la secretaria general del Sindicato de Sastresas; también la mejor bordadora de España, que precisamente era por la que nos venía el trabajo del Suizo. Todas las demás habíamos aprendido a hacer cantidad de cosas; había bordadoras maravillosas, como Amalia Morales. (Cuevas Testimonios 333)
En el discurso de “Toñi”, se repara en la expresión no solo de la conciencia de clase, sino también de la conciencia de la dignidad obrera: ante las amenazas de las funcionarias falangistas, que acusaban de burla a las presas, “Toñi” recuerda el argumentario empleado por ella misma y por sus compañeras de presidio:
Y ahí nos tienes a todas: “Claro está, ustedes han venido aquí pensando que nos iban a enseñar, cuando nosotras somos gente de la clase obrera. Obreras que saben guisar, coser, bordar, que somos de esos oficios y que estamos aquí precisamente, la mayoría de nosotras, porque tenemos un historial como obreras que se han destacado en su oficio, desde antes de empezar la guerra, las gentes que se destacaban era porque sabían su profesión y tenían el respeto de los demás, por eso les elegían responsables. Aquí nosotras hacemos verdaderos primores de artesanía y ganamos algo que nos ayuda a soportar la miseria de la cárcel (…). No pudieron decir nada ante nuestros razonamientos: “Ustedes nos han venido a ofender porque han pensado que nos iban a enseñar a nosotras; ustedes es posible que nos puedan enseñar otras cosas, pero a trabajar como obreras, desde luego que no”. (Cuevas Testimonios 334)
De acuerdo con Hernández Holgado (La prisión militante 581), este episodio da cuenta de un ejemplo de cultura obrera: la lección, de acuerdo con este investigador, no la recibieron las reclusas de parte de sus instructoras falangistas, sino que fueron ellas quienes dieron escarmiento a las funcionarias, en un ejercicio de ética y dignidad.
Conclusiones
A través de estas páginas, hemos tratado de plantear algunas de las cuestiones que hacen de la obra de Cuevas no solamente un testimonio fundamental para la reconstrucción de las experiencias y culturas carcelarias femeninas durante la dictadura franquista, sino también una obra que se convierte en depositaria de las memorias obreras femeninas en ese periodo. De este modo, hemos presentado un breve acercamiento a la representación de procesos socioculturales de enorme complejidad, que implican variables diversas en relación con el desarrollo de la identidad obrera, como puede ser la adquisición de una conciencia de pertenencia a una clase social determinada, todo ello dentro del difícil contexto en el que estas mujeres vivieron.
Aludíamos en la introducción al carácter práctico involucrado en la adquisición de la conciencia de clase. Como hemos visto, esta es una característica fundamental que recogen los testimonios de Tomasa Cuevas. Se detalla de forma recurrente cómo la experimentación de una determinada situación de desigualdad por parte de un ser querido constituye una forma de “politización de los afectos”, mediante la cual se adquiere una conciencia de clase. También aparecen voces que detallan esta adquisición en entornos formales del mundo del trabajo, especialmente en contextos muy específicos como la explotación sufrida en el interior de la prisión. En estos casos, las mujeres adquirieron una conciencia de lo que implicaba su trabajo y de su posición en relación con los términos del discurso maternalista y moralizante del régimen, de ahí que desplegaran resistencias pasivas como la ignorancia fingida. Todo ello con el fin de evitar la sustracción de la plusvalía económica y política que el régimen trataba de imponer. De la misma forma, la amplia diversidad de perfiles en las reclusas trajo consigo distintas fricciones o elaboraciones de la identidad obrera, como ocurría con la conciencia de la división entre obreras manuales e intelectuales.
En definitiva, la obra de Cuevas y los testimonios publicados sobre el universo carcelario femenino se erigen en fuentes fundamentales para la reconstrucción de las culturas carcelarias, pues tal y como apuntaba Hernández Holgado, “[l]as fuentes de esta clase son prácticamente las únicas con las que contamos para reconstruir toda esta cultura carcelaria femenina –política, pero sobre todo social, sentimental, humana‒ enfrentada al mundo oficial de la prisión, que era la de la organización interna y las prácticas y estrategias clandestinas de las presas” (La prisión militante 619). Además de ser las fuentes para la reconstrucción de las subjetividades de las mujeres en prisión, los volúmenes de testimonios recogidos por Cuevas suponen un lugar de memoria de las identidades de las mujeres obreras que enfrentaron la represión.
Referencias bibliográficas
Notas
[1] Este artículo forma parte del proyecto “Subgrafías: artefactos, memorias y gestos subalternos en la Historia social de la cultura escrita (siglos XVI-XXI)”, referencia: PID2024-158235NB-I00, financiado por MICIU/AEI/10.13039/501100011033/FEDER,UE.
[2] De acuerdo con Hernández Holgado (“Tomasa Cuevas” 231), “[t]anto por lo que se refiere a la cantidad de voces recogidas como por la intervención de numerosas compañeras en la transcripción, redacción y corrección del texto final, la trilogía devino prácticamente una obra coral, de autoría colectiva, fruto de una amplia red de solidaridad femenina ‒sororidad‒ compuesta a su vez de múltiples ‘pioneras’”.
[3] Hay que destacar que la primera vez fue editado por la Editorial Casa de Campo, en 1982, en una precaria edición (Cuevas, Mujeres). Tras la publicación de la trilogía, una selección de los testimonios fue estudiada y traducida al inglés por la historiadora Mary E. Giles en 1998 (Cuevas, Prison of Women). En 2004 se reedita la trilogía en un único volumen por el profesor de la UNED Jorge Montes Salguero (Cuevas, Testimonios…). En 2005, la editorial Icaria reedita una selección de testimonios (Cuevas, Presas). Finalmente, en 2026 está prevista la publicación de los testimonios de Tomasa Cuevas y sus compañeras de Guadalajara en una edición crítica que, en estos momentos, se encuentra en prensa. En este artículo trabajaremos con la edición de Montes Salguero.
[4] De entre ellos, destacamos la novela-testimonio de Juana Doña, Desde la noche y la niebla. Mujeres en las cárceles franquistas (novela-testimonio), publicada en 1978 o el testimonio mediado de Soledad Real, titulado Las cárceles de Soledad Real. Una vida y publicado en 1982 por Consuelo García.
[5] En este proceso, se transita desde una forma de entender su posición como miembros de una clase oprimida –capacidad adquirida de forma espontánea pero limitada– a una concepción que plantee la necesidad de actuar en aras de lograr una transformación social de la realidad dentro de la entidad predestinada a ello: el Partido Comunista.
[6] Sobre estos aspectos, remitimos a la biografía de Matilde Landa elaborada por Ginard Féron (2023).